Señas de identidad

por José Enrique Vidal | 7 Septiembre 2009

“Para progresar no basta actuar, hay que saber en qué sentido actuar” (Gustavo Le Bon).

Los más jóvenes aficionados al fútbol apenas se acuerdan del F.C. Barcelona anterior a la era de Cruyff como entrenador.

En líneas generales, y salvo excepciones muy puntuales, el azulgrana había sido siempre un club sólidamente estructurado, con la mayor masa social del mundo, y por lo tanto muy poderoso en lo económico, pero deportivamente su rumbo estaba lastrado por sus eternos complejos de inferioridad frente al equipo del régimen y su caótica y muchas veces, incluso, espasmódica, política de fichajes –media docena de superestrellas cada temporada-, en una huida hacia adelante sin fin para tratar de callar bocas y de contrarrestar los continuos éxitos deportivos de su rival capitalino. Sin negar que el sustento político e institucional de los madridistas ha tenido siempre una indudable influencia en su brillante palmarés, los fracasos azulgranas parecían cada vez menos justificados, sobre todo en Europa, donde el poder maligno de su rival se presuponía nulo o imperceptible.

La anterior dinámica histórica la rompe Johann Cruyff, con su llegada al banquillo azulgrana a finales de los años ochenta. El holandés sienta las bases de una forma de jugar singular, ofensiva, estética, ambiciosa, pero también efectiva, que debe seguirse desde el primer equipo que él mismo entrena, hasta todos los escalafones inferiores. Los chicos de la cantera, los preparadores, los fisios, se educan en la nueva cultura. Por fin el equipo catalán, por primera vez en su historia, encuentra su propio camino, su norte, sus señas de identidad, y lo hace desde el ámbito exclusivo de lo futbolístico. El favoritismo madridista sigue existiendo en los mismos estamentos de siempre, pero ahora se combate deportivamente con un proyecto sólido, con una fórmula definida que funciona a nivel nacional y, sobre todo, internacional. Los éxitos deportivos empiezan a llegar y así, desde entonces, el F.C. Barcelona desbanca al Athletic de Bilbao como rey de copas, duplica sus títulos ligueros y se hace con las tres Copas de Europa que adornan sus vitrinas. Guardiola hoy se presenta como el mejor discípulo de Cruyff, como antes los fueron Van Gaal y Rijkaard, y cuanto más inciden en su estilo, en su escuela, más rotunda se hace su fuerza. Cualquier aficionado al fútbol del mundo ve jugar a los catalanes y reconoce su original estilo.

En nuestro Sevilla Fútbol Club, la llegada de Juande Ramos y la puesta a sus órdenes de un plantel de profesionales extraordinarios, procedentes de la cantera y del buen ojo de Monchi, confluyeron para alcanzar también un estilo propio de juego, práctico, efectivo, osado, y no exento de vistosidad en sus mejores momentos, que consiguió romper una inacabable racha histórica de fracasos deportivos sin parangón para una institución de su categoría. Llegaron los títulos, los triunfos, la elevación del club a los altares futbolísticos, el prestigio internacional. Habíamos encontrado unas señas de identidad, “nuestras” señas de identidad, las del Sevilla más grande de todos los tiempos, hasta la fecha: la velocidad, el alto ritmo, la utilización de extremos rapidísimos escoltados por dos mediocentros potentes, el ejercicio de una presión muy adelantada entre todos ellos y la pareja de delanteros, el triunfo por avasallamiento, dejando al rival sin resuello.

Empezaron a brotar extremos sevillistas cortados por un mismo patrón, Navas, Puerta, Adriano, Perotti, Capel y si en los escalafones inferiores se esmeran, aún saldrán más. Siguen todavía algunos de los más importantes, Renato, Palop, Kanouté, Luis Fabiano, y han llegado otros nada desdeñables, como Romaric, Zokora o Negredo. La ausencia de Daniel Alves no es el fin del mundo ni debe condicionar decisivamente nuestro estilo de juego. Mientras dispongamos de extremos ofensivos, la misma delantera, y suficientes mediocentros de garantías, podemos y debemos ser fieles a nuestras señas de identidad sobre el campo. No se trata de jugar con dos delanteros o con uno, el fútbol no es ajedrez, y el estilo de juego no depende sólo de la ubicación de las piezas. Se trata de cómo se mueve ese equipo, de dónde se defiende, de qué se hace cuando se roba el balón, de qué variedad de movimientos y combinaciones se tienen ensayadas en lo defensivo y en lo ofensivo, etc.

No perdamos lo más valioso que habíamos conseguido. No nos vulgaricemos. Desde el profesional mejor pagado de la primera plantilla al más novel de nuestros alevines, todos los jugadores tienen que tener clarísimo cuál es la filosofía deportiva sevillista, cuáles son sus valores, su estilo, incluso su metodología, tienen que saber a qué jugamos. La coordinación intra-club debe alcanzar a la pizarra y a los mecanismos de juego. Si sabemos perfectamente lo que funciona y lo que no ha funcionado durante años, apliquémonos a mantener lo bueno y a desterrar invenciones. Si no es así, será difícil combatir el poderío de los más privilegiados, y estaremos jugando en manifiesta inferioridad de condiciones, esta vez por causas endógenas, lo que resulta intolerable. Ya conocemos donde están los equipos que carecen de un patrón serio y que, como los azulgrana en tiempos pasados, viven una vida acomplejada, a la sombra de sus más odiados rivales. Sigamos nuestro propio rumbo, nosotros que lo conocemos, contra viento y marea. Y seamos coherentes con nuestra historia y nuestras propias señas de identidad deportiva.

José Enrique Vidal

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