Menos inseguridad y más osadía

por José Enrique Vidal | 1 Septiembre 2009

Decía nuestro entrenador en la previa del partido inaugural de la liga, cuestionado por el planteamiento del Shakthar Donetsk ante el F.C. Barcelona en la final de la pasada Supercopa europea, que el Sevilla F.C. “no podía permitirse jugar” como hicieron los ucranianos frente a los catalanes, en alusión a su defensa a ultranza y su casi absoluta renuncia al ataque durante los ciento veinte minutos de juego.

Sin embargo, sólo veinticuatro horas más tarde, la realidad vino a quitarle la razón al míster y a desengañarnos a quienes confiamos en sus palabras, cuando a nuestro Sevilla le dio por firmar ante el Valencia uno de los más paupérrimos partidos que se le recuerdan, con una disposición táctica, como mínimo, tan timorata como la del último campeón de la UEFA en la finalísima del viernes pasado en Mónaco.

Entiendo, como casi todos, que hubo determinados condicionantes negativos que influyeron en el vulgar desempeño de los nuestros, como las bajas de Renato y Adriano, así como el estado del césped, la lesión de Romaric o la rigurosísima expulsión de Kanouté, pero creo que ninguno de ellos alcanza la categoría de excusa. El terreno fue malo también para el Valencia, como lo fue en su día el de Carranza cuando ganamos el trofeo gaditano o el del propio Sánchez-Pizjuán en esta pretemporada, y la plantilla es –o al menos parece- lo suficientemente amplia como para amortiguar sin problemas las bajas por lesión. Incluso antes de quedarnos en inferioridad numérica, la actitud del equipo ya denotaba lo que podía suceder.

Menos explicación puedo encontrar, y esto es lo que más me preocupa, a ciertas decisiones desde el banquillo, cuanto menos extrañas, a los ojos de un simple aficionado, como la de no utilizar a las nuevas incorporaciones, sobre todo a Zokora, no convocar siquiera a José Carlos, encargado de todas las jugadas de estrategia durante el verano, por razón del estado del terreno de juego, cuando precisamente en campos que impiden un fútbol fluido, el acierto a balón parado puede decidir el partido, o no darle entrada a Diego Capel en la segunda parte, con un hombre menos y el marcador en contra, cuando el de Albox es uno de los pocos integrantes de la plantilla capaz de generar por sí solo una jugada de peligro o de provocar, en este caso, una expulsión valencianista que hubiese equilibrado el número de efectivos de ambas escuadras sobre el campo.

En el fondo, lo sucedido en Valencia, muy a mi pesar, ha colocado nuevamente sobre el tapete el guadianesco debate sobre la capacidad de Manolo Jiménez para dirigir el cotarro. El Consejo de Administración ha puesto en sus manos un auténtico Ferrari, y parece que el de Arahal aún no se ha hecho con los mandos. Para un equipo que aspire a quedar en mitad de la tabla, perder en la primera fecha del campeonato resulta intrascendente, pero cuando tienes aspiraciones muy serias y has invertido mucho dinero, la derrota es un tropiezo que casi no te puedes permitir. Un campeón liguero no puede perder más de cinco o seis partidos, y nosotros a las primeras de cambio ya hemos agotado la primera bala. A Jiménez se le aprecia tan inseguro –sin duda, su principal defecto- como en sus peores momentos, sin cintura a la hora de dar explicaciones y asumir sus errores en las comparecencias públicas, e inclinándose, al menos el domingo pasado, por planteamientos excesivamente conservadores, incompatibles con la plantilla que maneja.

No pretendo valorar los conocimientos ni la aptitud de Manolo Jiménez como técnico, mucho menos cuestionar su dedicación y su trabajo, aunque convendría recordar que en el fútbol, como en la vida, no se triunfa solo a base de cojones. El esfuerzo puede hacerte un buen profesional, pero no basta. La clave del éxito, en un fútbol tan descompensado como el español, con dos equipos superprivilegiados económica, política y mediáticamente hablando, está en sumarle al asunto generosas dosis de inteligencia y un punto extra de esa osadía controlada como la que gasta, sin ir más lejos, el propio José María del Nido. Como quiera que presuponemos la inteligencia de Jiménez, es sin duda el momento de arriesgar. Así que, míster, al loro, y a imitar al Presidente.

José Enrique Vidal

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