por Antonio G. Barbeito | 9 Julio 2010
Tres símbolos pileños han desaparecido en poco más de un año, aunque a Pilas la muevan los nervios de miles de paisanos que se empeñan, desde que Pilas es Pilas, en que la población sevillana sea un ejemplo emprendedor de primer orden. Cierto es que con cada pileño que muere se va una posibilidad empresarial, de empuje. Pero desde que en marzo del año pasado se fue Tarsicio Calderón, hasta el otro día, que se fue, fulminado por un infarto traidor, el bueno de Manolo Leonardo, Pilas, que vio cómo hace un par de semanas se le fue Cristóbal Marco, siente que los viejos cimientos de su firmeza empresarial necesitan hallar otras fuerzas renovadoras.
Si Tarsicio Calderón -el único maestro que intentó, sin éxito, aficionarme a las matemáticas- fue un veterinario que emprendió la idea cooperativa aceitunera y apoyó y animó y elevó hasta altura de banco grande la idea de la Caja Rural, Manuel Leonardo Ventura encontró en la espuma una manera de hacer negocio y de darle sentido a su vida, que su vida fue eso, un subir y bajar como la espuma, pero siempre limpia, siempre ejemplar, y siempre empeñado en otra espuma: el deporte, el fútbol, y dentro del fútbol, el equipo de su Pilas de su alma y el Sevilla de sus amores, que al Sevilla siguió a todas partes cuando fue directivo y cuando tuvo que animar desde el semillero de las peñas.
La última vez que nos saludamos fue en Pilas, en la Peña Sevillista «Enrique Lora», que volvía Manolo con Adela, su mujer, de la final de la Copa del Rey que ganó el equipo de Nervión. Siempre señor, sin un mal gesto, sin un arrebato que le hiciera perder la compostura de su señorío, pero con un sevillismo por dentro capaz de levantar él solo un club. Que le pregunten a Del Nido lo que supuso el ánimo de Manolo Leonardo para animarle a ser presidente. Y Cristóbal Marco, otro símbolo que en la Cooperativa Agrícola Virgen de Belén colaboró con el campo aceitunero y las ideas pileñas que se movían por mercados extranjeros y renovación del cultivo.
Quise como amigo a Tarsicio, quien siempre fue mi jefe así en la escuela como en la Caja Rural; traté mucho como sevillista a Manuel Leonardo -¡Cuánto le deben el fútbol de Pilas y el peñismo sevillista!- y traté con bastante cordialidad a Cristóbal Marco. Tres hombres que hicieron de su pueblo una razón para engrandecer lo propio y ampliarlo allende los escasos límites de su pueblo. Pilas, tan agradecida, sabe que tiene que hacer algo por su memoria. Y lo hará. Siquiera algo de lo mucho que ellos hicieron por Pilas.
Antonio García Barbeito



