En la vida

por Paco Romero | 22 Mayo 2010

Llegamos en cruz y en cuadro, con ocho bajas, a disputar los noventa últimos minutos (no hubo alargue) de una complicada temporada, con la luz de la reserva encendida desde hacía demasiado tiempo y, no contentos con ello y con la gozosa esperanza de ver agotada la última gota de gasolina de los nuestros, la mafia futbolística nos mandó al Camp Nou, al estadio más lejano de Nervión.

Allí estaban ellos, afilándose los colmillos igual que lo hace una manada de lobos cuando tienen rodeado a un corderito recién nacido: desde el presidente de la Federación, principal responsable de la cacicada, hasta –lo que son las cosas- los ministros del nuevo régimen que beben los vientos por el antiguo Atlético Aviación, pasando por su A.R. el Príncipe de Asturias, colchonero confeso, la presidenta de la Comunidad de Madrid y el Alcalde de la capital de España, ambos apoyando a uno de los suyos, amén de cincuenta millares de seguidores atléticos (cayó el tópico de la rivalidad extrema, de “chapeau” la gran mayoría) en pos de una nueva celebración tras su reciente triunfo en la Europa League.

Y allí estábamos nosotros, 35.000 exhaustos sevillistas, dispuestos a aportar a los nuestros ese extra de combustible en forma de empuje, ilusión, casta y coraje, triplicando nuestro esfuerzo hasta dejar en clara “minoría” a nuestros rivales. Dicen que también “nos acompañaron” en el palco algunas de nuestras autoridades: el presidente de la Junta de Andalucía, madrileño y socio de nuestro rival esa noche; el Consejero de Deportes, cacereño de nacimiento y malagueño de adopción y el alcalde de la ciudad cuyo nombre paseamos con orgullo más que nadie por el viejo continente, seguidor del club menor del municipio.

Y entrecomillo “nos acompañaron” porque es cierto que allí llegaron, otra cosa distinta es que estuvieran en la misma sintonía que la fiel infantería sevillista. Por si todavía cabía alguna duda, el máximo dirigente andaluz las despejó todas cuando el Grande del Sur de España, dos días después, ofreció a “toda Andalucía” el trofeo que le acredita como Campeón de España: En la recepción oficial, el señor Griñán, que recibió como agasajo una camiseta sevillista con su nombre, se permitió responder con un “¡en la vida!” a un periodista que le sugirió que se la enfundara (la camiseta, me refiero).

¿En la vida qué, señor Griñán? ¿qué extraña urticaria le produciría lucir una camiseta personalizada del club más grande que Andalucía ha visto y verá por los siglos de los siglos? ¿esa es la forma de promocionar lo andaluz entre los nuestros y de cara al exterior, como es su obligación? ¿imaginan a un cordobés en Cataluña, presidente de la Generalitat, por ejemplo, soltar una afirmación similar referida a una camiseta barcelonista que recibiera como presente? ¿de verdad es esto lo que esperamos de la máxima autoridad de nuestra Comunidad?

Dice el refranero, en fin, que no ofende quien quiere… y que arrieritos somos…

Paco Romero

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