Siempre presente

por Miguel Ángel Bracho | 28 Abril 2010

Imagino hoy, un día después, lo que ocurrió un día antes.

Cuatro años ya. Hoy es veintiocho de abril y no es viernes de Feria. No hay luz en Los Remedios, tampoco en Nervión, no cuelgan farolillos ni suenan palmas a compás. Tampoco se entierran zapatillas en albero maestrante ni se dibujan chicuelinas al son de clarines y timbales.

Hoy es, simplemente, miércoles. Un miércoles más.

Han pasado cuatro años de aquel día después.

Anteayer, un niño, cualquier niño, da igual la edad, utilizando su imaginación como vehículo y luciendo el blanco y rojo que viste sus sentimientos, se acercó a la carretera de Utrera mientras ésta dormía bajo el manto de un cielo oscuro y despejado jaspeado por miles de estrellas.

Tenía que darse prisa pues al día siguiente allí se concentrarían mucha gente importante, habría cámaras de televisión y un amplio despliegue informativo.

Ese niño, ese sevillista de futuro, ese sevillista de presente, como tú, como yo, como aquel, recogió del césped un corazón que se había roto en dieciséis pedazos. Y lo hizo con mimo, con cuidado, con inmenso cariño. Uno a uno, los envolvió en nostalgia, en recuerdo, en tristeza, en añoranza, en esperanza, en dolor y en rabia contenida. Las lágrimas, salpicadas por la luz de las estrellas, devolvieron el brillo a un corazón ya roto que jamás ha dejado de latir en sevillista.

A cada trocito de corazón, este niño, este presente, este futuro, esta esperanza, le fue poniendo nombre antes de que el calor de su amor lo fundiera en bronce. A uno le llamó sonrisa, a otro juventud, a otro Mar y a otro Aitor; a otro Sevilla, a otro Nervión, a otro cantera y a otro ilusión; a otro leyenda, a otro zurda, a otro emoción, a otro esperanza y a otro dolor; a otro sentimiento, a otro gol y a este último, por ser el más grande, amor.

Después, siempre con cuidado, lo tapó con un ligero ropaje color carmesí para que al día siguiente todo estuviese perfecto antes de ser descubierto.

Y ese niño, ese sentimiento que todos llevamos en nuestro interior, esa ilusión que nace en nosotros cada temporada, esa manera de amar a nuestro Sevilla FC, se marchó no antes de mirar al cielo, besarse su anular y guiñarle un ojo a esa estrella que ya es leyenda y mito carmesí.

Ya no está roto el corazón.

Ahora es más fuerte que nunca y vuelve a latir para siempre.

Para siempre, Antonio.

Miguel Ángel Bracho

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