por José Enrique Vidal | 29 Marzo 2010

Por primera vez desde que accediera a la presidencia, José María del Nido ha sido infiel consigo mismo, más concretamente, con su norma de gestión del club.
Desde que iniciara su mandato con el cambio de siglo, el máximo dirigente sevillista se había caracterizado por un modo de gestión empresarial moderno, alejado de los peligrosos vaivenes de la forma tradicional de gobernar clubes, propia de simples aficionados sin más criterio que su poderío económico.
La toma de decisiones en el Sevilla Fútbol Club estaba basada siempre en parámetros empresarialmente razonables, en valores de empresa, de negocio, ajustados a procedimientos y planes preconcebidos, sin margen para la improvisación, llegando a ser en ocasiones abiertamente impopulares, pero en la práctica totalidad de los casos, muy eficaces y objetivamente impecables.
Ahora, sin embargo, el Consejo de Administración del Sevilla ha traicionado esta política.
Y lo ha hecho, no con ocasión de la destitución de Manolo Jiménez, como quizás muchos de vosotros pudiera pensar.
Sino con el nombramiento de Antonio Alvarez como entrenador de la primera plantilla hasta final de temporada.
Conste que no tengo nada contra el técnico de Marchena, otrora líbero de enorme categoría e ídolo de mi juventud, cuya valía como entrenador no me atrevo a poner en duda.
Pero no se trata de esto, sino de que la decisión de nombrarle, desde un punto de vista estrictamente empresarial, no se sostiene: Alvarez carece del perfil que la ocasión demanda.
El retrato-robot del entrenador que necesitábamos era claramente Luis Aragonés: veteranía, dominio del vestuario, prestigio, carisma, pedigrí, en definitiva, y sobre el papel, capacidad para reimpulsar a un grupo de jugadores necesitado de tratamiento de choque en lo psicológico y en lo deportivo, sin olvidarnos de la parcela física, abandonada a su suerte por quién sabe quién.
Aragonés no pudo ser pero ¿era Álvarez lo más cercano al de Hortaleza en ese perfil objetivo?
Indudablemente no. Nunca ha entrenado en la élite como máximo responsable, ni siquiera se le conoce equipo profesional al que haya dirigido en España o el extranjero.
Soy consciente de la dificultad de encontrar técnico a estas alturas de temporada, pero como ya he dicho en alguna otra ocasión, aquí es donde hay que ver la cintura de la secretaría técnica de Monchi.
Parece ser, según run-run de la calle, que está comprometido o apalabrado el banquillo para el próximo año, algo que a priori suena bien y parece loable, siempre y cuando tengas la situación en curso bajo control. Si por cuidar los planes de futuro hacemos un flaco favor al presente, no sirve la excusa de la planificación.
Primero, porque está en juego nada más y nada menos que la clasificación para la Champions e incluso para Europa, además de un título copero pendiente sólo de dilucidar la final.
Y segundo, porque es precisamente el propio futuro el que se juega en los dos próximos meses de campeonato, nuestro futuro económico y por ende deportivo.
Desconozco la categoría del posible técnico al que el club piensa confiar el proyecto del próximo ejercicio, pero de poco servirá esta previsión si el equipo queda este año a mitad de la tabla y no consigue meterse en Champions o UEFA League.
Si es necesario sacrificar el acuerdo que haya podido alcanzarse con un nuevo técnico para la siguiente temporada, habrá que hacerlo, si ello nos permite contar ahora con un entrenador que, objetivamente, pueda sacar al equipo de la zozobra en que se encuentra.
El Consejo está obligado a un actuar diligente, por pura lógica y por exigencia legal.
Y la diligencia aconseja en este caso contratar inmediatamente a un entrenador que reúna, si no todas, sí el máximo de cualidades requeridas para la delicada situación que vivimos.
Luego llegarán o no los resultados, con Alvarez o sin él, pero yo creía que estábamos en un club donde los resultados no se daban por casualidad, sino como fiel reflejo de una gestión empresarial seria y concienzuda.
Seamos consecuentes. No podemos permitirnos ahora, menos que nunca, ser infieles a los principios que nos han hecho grandes.
José Enrique Vidal



