por Paco Romero | 25 Marzo 2010
Cayó Manolo Jiménez y, en su caída, nos arrastra un poco a todos: a la institución, al Consejo de Administración, a los profesionales hasta ahora a sus órdenes; al sevillismo en suma, a los “exigentes” y a los “conformistas”, ambos entrecomillados.
El cese del técnico supone una tremenda decepción, más que por el hecho en sí que ahora podría entenderse, por las formas empleadas y por la absoluta muestra de flaqueza y planificación que trasciende de una decisión culminada en caliente, tras un empate en el descuento. El asunto es sólo la culminación de un proceso comenzado hace dos años y medio, desde que el de Arahal se puso “el pito en la boca”.
Los resultados lo mantuvieron y lo renovaron, los mismos que han acabado con él. Otra cosa, aparte del “jogo bonito” al que aspira desde su nacimiento la afición sevillista, son los falsos debates creados desde su llegada por tantos emponzoñadores, entre otros:
1º) “El primer año no cumplió el objetivo”, sin mencionar que llegó en la jornada décima con el equipo, moralmente roto, a cuatro puntos del descenso, en los sótanos de la clasificación, donde lo había dejado el traidor de las libras esterlinas y ocultando que ese año la temporada finalizó con un Sevilla empatado a puntos con el cuarto clasificado. Si ahora, para tanto infame gacetillero, “el cese de Jiménez puede haber llegado demasiado tarde”, por la misma regla de tres deberían reconocer que al traidor le sobró una semanita, es decir que debería habernos traicionado siete días antes.
2º) “El segundo año, debacle en Copa de la Uefa y Copa del Rey”, lo que no deja de ser cierto, al menos la primera de ellas, sin reconocer que el ÚNICO objetivo se centraba en clasificarse entre los cuatro primeros clasificados ligueros, meta mejorada al alcanzarse la tercera plaza.
3º) “La temporada actual, fracaso europeo y liguero”. Podemos estar de acuerdo en la primera de las apreciaciones: el Sevilla puede caer en octavos de Liga de Campeones pero no ante un rival inferior y, sobretodo, de la forma que lo hizo. En Liga, sin embargo, es cesado en el justo momento en que sus números han descendido a niveles de los de su predecesor, el cual, con idénticas cifras, optó por su particular tocata y fuga. Todo ello sin mencionar la final copera que vamos a disputar no sabemos cuando, ni la plaga de lesiones que ha asolado al equipo. Excusas dicen estos canallas.
Jiménez es corresponsable, claro que lo es, de todas esas circunstancias que han acabado en unos resultados nefastos (me da “yu-yu” escribir esto con el Sevilla que he conocido) y en un equipo absolutamente roto. Jiménez es culpable de haber aguantado estoicamente la cacería más sangrienta nunca llevada a cabo por una pequeña parte del “periodismo” sevillano y es, también, culpable de su “catetismo” de pueblo en las salas de prensa europeas, dando siempre –otro fallo garrafal- demasiadas explicaciones ante tantos “ilustrados” universitarios y bachilleres varios.
Muerto el perro, ¿se acabó la rabia? Desgraciadamente, no. El problema -y ahora empiezan a reconocerlo los de la cacería mediática, que se apresuran a cambiar sus escopetas por rifles con mira telescópica en busca de piezas de caza mayor- no está sólo en el banquillo. Llega un nuevo inquilino a ocuparlo y ahora se apresuran como “locas” a proclamar a los cuatro vientos que la enfermería está hasta los topes.
El cese del técnico, motivado -finalmente es así- por unos números a la deriva supone el fracaso colectivo de la totalidad de la institución, donde la humildad, tantas veces demandada, debiera haber hecho acto de presencia al menos en la recta final de una temporada tan trascendente. Hubiese bastado con un reconocimiento público de los errores cometidos; en primer lugar del consejo de administración, de la dirección deportiva y del propio entrenador, asumiendo el desacierto en sus decisiones y en el sobrante de exigencias para una plantilla que no se ha renovado acertadamente en los últimos años y, en segundo lugar, de los métodos de los responsables médicos y de la preparación física que han dado lugar a la mayor plaga de lesionados del fútbol español, si no mundial. Esa asunción de responsabilidades debería haber desembocado, necesariamente, en una petición de apoyo unánime de la afición sevillista –de sombrerazo, su comportamiento- en pos de los objetivos marcados, todavía al alcance.
Sin embargo se optó por la deshumanizada vía de en medio, cesando al técnico sin tener al menos apalabrada -¿estructuras?- la presencia del sustituto y consintiéndole “hacer un lamentable papelón” ante las hienas de la sala de prensa para anunciar, diez minutos después, el nuevo statu quo en la web oficial.
Para colmo de males el recambio que se pretende se llama Luis Aragonés ¿No hay otro?
La gran mayoría, incluidos nuestros alegres “reporterillos”, están muy contentos. Yo no puedo estar de acuerdo: un señor de setenta y tantos años, con un contrato interino, ¿puede reconducir futbolísticamente una situación que es sólo física y médica, no de actitud? ¿un atlético alechugado de toda la vida puede dirigirnos en una final contra el Atlético?
Si la decisión está tomada ¡que Dios nos coja confesados! ¡ojalá me trague muy pronto estas palabras!
Paco Romero



