por Fátima Zulategui | 24 Marzo 2010

Hoy es un día triste para el sevillismo. Nadie, ningún sevillista, debe alegrarse por lo que ayer le pasó a Manolo Jiménez. Puede que no estuvieras de acuerdo con su forma de entrenar y desearas que se fuera, pero no te puedes alegrar al ver esas imágenes de un sevillista destrozado que ya no sabe cómo aferrarse a esta afición. Él sólo quería ser recordado en letras de oro en el club al que le ha donado su alma en vida, sólo quería terminar un ciclo que pudiera ser contado a sus nietos. Desde el principio recibió rencores y recelos, quién es éste de Arahal que va a dirigir a mi equipo de Champions. Pero los resultados, siempre los resultados, callaban bocas, periódicos y tertulias de radio. Qué sufrimiento debe ser depender siempre de un partido, que tu sevillismo no valga como aval y que el hecho de ser ahora grandes, actúe como goma en la cabeza de tantos sevillistas de a pie.
No somos amigos, una vez nos presentaron y recuerdo que la siguiente vez que te vi recordabas mi nombre, algo que me sorprendió en este mundo “estelar” del fútbol donde si no llevas cargo, ni siquiera se molestan en mirarte. Humilde, ésa era la palabra, y como un niño te seguías sonrojando con elogios evadiéndolos al decir que las victorias eran de todos. Es cierto, Manolo, las victorias son de todos. Pero las derrotas también. Y ayer por la noche perdimos todos cuando Monchi dio la noticia con esa voz quebrada de tener que despedir a alguien que comparte el mismo sentimiento que tú: amar a este club por encima de todas las cosas.
Hoy es un día triste. Más triste que los días de lluvia austral que caían como cataratas en Sevilla. Hoy el Himno de Fasane suena más melancólico que nunca y la bandera de cien historias ondea a media asta en la grada más alta del Pizjuán. Hoy hemos comprobado la dureza de habernos convertido en un club grande, en un club donde lo que sientes por dentro ya no es lo más importante. Hoy Jiménez recoge su maleta azul del vestuario para salir por la puerta pequeña de un estadio convertida, por un segundo, en la Puerta del Príncipe de la Maestranza.
Porque yo, mister, te agradezco desde estas humildes letras que te hayas dejado caer por aquí, que hayas cuidado a mi Sevilla de la mejor forma que has podido hacerlo. Porque cuando lo has dado todo, no estás obligado a dar nada más. Y tú, puedes estar orgulloso de eso. Gracias por haber remado en nuestro barco, gracias por no habernos abandonado cuando tuviste la posibilidad, por ser un puto loco enamorado de las once barras blanquirrojas. Gracias por darle un poco de literatura a este mundo del fútbol, por demostrar que queda un diminuto hueco para el romanticismo.
Te deseo toda la suerte del mundo en este nuevo viaje que emprenderás. Cerca, lejos, eso no importa. Tu visita no ha sido en vano, has sido el mejor novio para olvidar el desprecio del anterior. Nos has devuelto ese cariño que un día entregamos a otros y no supieron valorar. Por ti nos hemos vuelto a sentir arropados olvidando por un tiempo que este césped está compuesto por mercenarios. Porque teníamos un ambicioso plan, que consistía en sobrevivir, y viniste para agarrarnos fuerte de la mano diciendo que no pasaba nada. No ganamos cinco títulos contigo, pero hemos ganado algo mejor aún: volver a creer en nosotros mismos.
Por eso hoy es un día triste. Y por eso siempre recordaremos lo que nos has dado. Gracias por todo, Jiménez, gracias por todo lo que no has pedido a cambio.
Fátima Zulategui



