Paradojas de la popularidad y el éxito deportivo

por José Enrique Vidal | 11 Marzo 2010

Hasta hace bien poco tiempo, en que la economía de los clubes de fútbol ha empezado a depender decisivamente de sus resultados deportivos, como palanca para la obtención de ingresos por derechos de televisión (fundamentalmente, por Champions League), el fútbol lo financiaban, en cuanto a su presupuesto ordinario (los traspasos, por ejemplo, serían un extra), los aficionados, con sus abonos y las entradas de taquillas.

A mayor masa social, esto es, a mayor popularidad, mayores ingresos y superior potencial deportivo. Ejemplo paradigmático de esto han sido en España entidades como el Real Madrid, el Ath. Bilbao y, sobre todo, el F.C. Barcelona, el club de fútbol más rico del mundo durante años, gracias al apoyo de esa ciudadanía que veía en la institución “algo más que un club”.

Alternativamente a esa fuente patrimonial hoy secundaria que es el bolsillo de los seguidores, un club podía financiarse también gracias al mecenazgo de algún potentado o de algún idolatrado jomeini, solución que si bien podía ser sumamente efectiva en el corto plazo, solía también dejar devastadoras secuelas tras su punto final. Como se suele decir, “pan para hoy y hambre para mañana”.

La historia del fútbol sevillano, como todos sabemos, está llena de tópicos y de falsedades que poco a poco y firmemente se van desmontando. Uno de ellos es la presunta superior popularidad y simpatías del Real Betis Balompié sobre el Sevilla Fútbol Club. En este sentido, no hace falta recordar a esos dirigentes que se daban golpes de pecho proclamando a los cuatro vientos pamplinas como la de que “somos el 70% de la ciudad”.

Y sin embargo, paradojas de la vida, mientras la financiación de los clubes estaba en manos de sus aficionados, de la masa social, como mejor y más objetivo medidor de su verdadera fuerza popular, ha sido siempre el Sevilla el club local más poderoso económicamente (bueno, ahora también).

Aún más, cuando el eterno rival de los sevillistas ha alcanzado sus mayores cotas deportivas, no ha sido gracias al poderío de un plantel de futbolistas subvencionado con las aportaciones de los socios, sino con equipos plagados de fichajes diseñados y financiados por sus dos más significados mecenas, Sánchez Mejías y Ruiz de Lopera, estrellas, por cierto, que no dudaron en abandonar el barco cuando el grifo de los billetes se hubo cerrado.

Mientras, en la acera de enfrente, el club decano de Nervión, según muchos una entidad antipática e impopular, ha alcanzado más y mayores triunfos gracias a la fidelidad de una masa social que, aún atomizada y dispersa, ha sido capaz de funcionar al unísono cuando era menester, sea cual fuese su tipología social, antes como asociación deportiva, ahora como SAD.

Está claro que en este debate hay algo que no cuadra.

La popularidad, la supuesta amplitud de su cuerpo social, con que algunos quieren etiquetarse, si fuese cierta, debería haberles reportado mayor gloria deportiva, y sin embargo no ha sido así.

Dejando de lado razones como la posible incompetencia de algunos dirigentes o las improbadas explicaciones victimistas de siempre, quizá podamos encontrar la respuesta reflexionando seriamente sobre algunos interrogantes como, por ejemplo:

¿Quién arrastra más afición de verdad?

¿Cuánto ha habido y cuánto hay de interés político y populista en proclamar “soy de este equipo”?

¿Es verdadera afición la que se llena la boca diciendo “viva mi equipo” cuando gana y “nunca me ha gustado el fútbol” cuando pierde?

¿Lo es la que se apunta a un paseo por la Avenida como quien acude a un desfile de carnaval y luego –antes tampoco- es incapaz de rascarse el bolsillo por su equipo?

¿O quizás la que acude religiosamente a cada partido, renueva su abono, en primera o en segunda, se arruina al sufragar sin ningún tipo de ayudas externas sus estadios, sale a la calle, revienta una asamblea si hace falta y mueve montañas por sacar a su club adelante?

¡Bingo! querido lector, seas del signo que seas.

Esa respuesta que instintivamente se te ha venido a la cabeza es la correcta.

José Enrique Vidal

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