por José Manuel Ariza | 28 Febrero 2010
Saludos.
Hace unos días, un colaborador excelente de Columnas Blancas y en su magnífico portal –no me duelen prendas alabar a éste amigo porque creo, sinceramente, que tiene uno de los blogs sevillistas de más altura de entre los muchísimos que brillan en nuestro universo blanco y rojo-, me refiero a José Enrique Vidal y crítica, crítico, críticos, me puso delante de mi propio corazón y me mostró, sin tapujos, alguno de los valores que debía tener presentes cuando escribo.
Yo no entiendo de fútbol, no sé de fútbol ni estoy capacitado para hablar de ello con conocimiento –ni en la teoría ni en la práctica-, y sin embargo y con alegre temeridad, he estado “criticando” la labor de los profesionales que llevan a mí, nuestro, Equipo por los campos del mundo.
Todos mis méritos se reducen a tener ya cierta edad, haber visto miles de partidos y a saber algo con certeza: me gusta o no me gusta.
Me ocurre igual con la música clásica, por ejemplo, donde después de muchísimos años de asistir cada semana al Maestranza para serenar mi espíritu con Mozart, Bach, Mahler o Falla, sigo sin haber tenido formación musical y solo aprecio que me guste una obra o no. Soy así de bruto y cuando acaba el concierto, solo pienso en que me encantó o me pareció un ladrillo, en que me quedé “pegado” a la butaca o en que me tuve que salir porque el “ruido” amenazaba con llevarme al borde del ataque de nervios.
Y con la literatura: Un libro me deja indiferente, extasiado o me produce desdén. Y como tampoco tengo formación en éste campo, cuando llego a la última página solo guardo con agrado al autor y su obra si han sabido despertar en mí algún tipo de emoción. Si ésa emoción es negativa, lo olvido. Si me tocó “las pajarillas”, lo releeré pasado un tiempo y no tendré reparos en recomendarlo –con todo lo de subjetivo que esto conlleva-.
Y con la pintura: Un cuadro me produce un “shock” visual o me parece espantoso; me encantan las formas o la perfección o me provoca dentera. Tampoco tengo formación artística pictórica, pero “cuatro rayas de colores” de Miró pueden despertar sensaciones extrañas en mi cerebro por composición, armonía y concepto. Otros, por el contrario, siendo obras maestras y por las que se pagan burradas de millones, me dejan impasible.
Y, cómo no, con el fútbol.
Asisto a un partido del Sevilla con la mejor de las disposiciones, con ánimo, con expectativas y deseos de ver a Mi Equipo ganar y hacerlo bien, bonito y agradable. Eso es muy infantil, lo reconozco, pero uno no puede desear otra cosa tratándose del club de sus amores. A mí, por ejemplo, no me vale solo que ganemos –sobre todo-: además, quiero que lo hagamos con magnífico fútbol, que me ponga a cien, que grite de emoción y cantar muchos, muchos goles, triunfos y trofeos.
Es infantil, repito, pero inevitable.
Cuando no ha sido así, me lancé a “criticar” sin contemplaciones, a intentar, desde mi desconocimiento, “analizar” los porqués, los cómos y los cuándos de la derrota, el empate o el triunfo agónico, que de todo hubo.
Me monté mi carro particular de “oposición” a la figura del entrenador del Sevilla y aunque maticé, hasta el hartazgo, que le debo respeto a la persona y al profesional y que sigo pensando que no es el mejor de los posibles, no tuve reparos en cuestionar su trabajo. Sin tapujos.
Pero la crítica solo puede basarse en unas premisas: debes saber de lo que hablas.
Como no soy doctorado en fútbol y mis conocimientos apenas superan los mínimos exigidos, he optado por, llegado el caso, limitarme a dar mi opinión de neófito: me gustará el partido o no; me gustarán el planteamiento o no; alabaré si ha sido espectacular o diré, con pesar, que fue horroroso…
…si es que lo hago.
Puede, también, que deje de escribir sobre ello, que me limite a vivir el momento –carpe diem, que decían los latinos- y tratar, con todas mis fuerzas, de disfrutar de unos años brillantes, históricos, con los que los que ya peinamos canas desde hace tiempo, jamás hubiéramos soñado.
Y como dice mi amigo Ravesen -quien tendrá problemas con hijo recién llegado-… ¿a ver cómo le explico yo a los que han nacido en la cresta de la ola sevillista, en los años en que nos subimos a la élite para no bajar nunca, que hubo otros en que penamos por segunda, en la zona gris, con más pena que gloria y a pesar de ello, seguimos siendo sevillistas?
Si lo hago, daré mi opinión, pero ya no volveré a “criticar”.
No estoy preparado para eso.
Y a José Enrique… gracias. Nunca es tarde para reconocer cuando se cometen errores y rectificarlos.
Todo sea por el Sevilla FC.
Cuidaros.
José Manuel Ariza



