por L. Julio del Zapatero | 13 Febrero 2010
Eso es lo que siento cuando el Sevilla FC acaba de clasificarse para jugar una nueva final de la Copa del Rey, algo que nos parecía imposible a los sevillistas años atrás. Sin embargo, es otro el estado de ánimo que tendría que embargarme actualmente: el de la ilusión, la satisfacción, el orgullo, la perplejidad, sí, la perplejidad, porque me parece que estas últimas temporadas no son reales, sino fruto de mi imaginación o mis sueños. Y sin embargo, entre unos y otros no hay manera de disfrutar de una final de la Copa del Rey. Y eso que aún no ha empezado la campaña mediática que se iniciará desde Madrid para calentar un partido que ya de por sí va a subir la tempetura futbolística…
En primer lugar, quiero felicitar a Manolo Jiménez, a sus futbolistas y colaboradores, entre ellos a un profesional extraordinario como Ramón Orellana (¡A ver cuándo se le van a reconocer públicamente su trayectoria y trabajo)… y, en general, a todas las personas que están haciendo del Sevilla FC un club grande (aún queda mucho por caminar, aunque a algunos erróneamente les parezca que ya estamos al nivel del Barcelona o del R. Madrid), y agradecerles que mi equipo vaya a estar una vez más en ese sitio tan añorado durante décadas y que sólo estaba reservado para unos privilegiados.
Pero también quiero mostrar mi desazón y desconcierto por algo que no acabo de entender. Porque no comprendo que el Sevilla FC, precisamente ahora, afronte los partidos de la manera que lo hizo en Zaragoza o Getafe, por poner dos ejemplos. ¿Qué sucede? ¿No se puede hacer nada para evitar esto? ¿Queremos ser grandes, sí o no?
Pero tampoco llego a entender que Jiménez sea el culpable de todo… hasta de la crisis económica mundial. Ni tampoco asimilo la campaña tan dura, jamás vista por mí, sobre un entrenador del Sevilla FC. Pase que no gusten sus conceptos futbolísticos, algo de lo que habría que debatir, pero de ahí a que él sea el culpable de todo y de oír comentarios muy crueles como los oídos recientemente sobre él, atentando incluso a su condición como persona, dista mucho.
Se ha creado un ambiente muy negativo sobre el de Arahal. Tanto que, nada menos que en la ida de unas semifinales de la Copa del Rey, la reacción de la grada ¡por un cambio! fue descomunal. Parecía que el Getafe jugaba en casa. Aquel desconcierto, del que se salió bien parado, demasiado bien, pudo habernos costado la eliminatoria.
Pues nada, ahora, en vez de celebrar el éxito alcanzado, el tema no es festejar nuestra séptima final, sino la aptitud de Manolo Jiménez. Nos podemos imaginar cómo pueden ser los días previos a la cita copera, más pendientes del entrenador que de lo que nos jugamos.
Vamos a esperar al final del curso, a confiar en los gestores del club, y a ponderar las opiniones, porque no siempre llevamos razón.
L. Julio del Zapatero



