por Paco Romero | 11 Febrero 2010

Visto lo visto, escuchado lo escuchado y leído lo leído, pareciera que la final conseguida –otra, séptima en cuatro años- es inmerecida, que nuestra presencia en el partido con más boato del fútbol español nos la han regalado.
Nadie va a martillearme con el pésimo encuentro librado en Getafe, continuación de otro, lamentable, celebrado 72 horas antes en Zaragoza. Todos tenemos ojos en la cara para apreciar que, con esa imagen, la suerte no estará siempre de nuestro lado.
Ahora toca gozar, disfrutar de momentos como el actual, tan pocas veces vivido por una afición centenaria como la nuestra. Pero no por ello debemos obviar un sosegado análisis sobre la deslucida situación actual, sobretodo física, de un equipo que ha llegado fundido a esta etapa, cuando restan tres meses y medio de competición.
La causa principal, a mi entender, viene dada por un motivo principal: la plaga de lesiones que ha asolado al equipo, esencialmente durante los meses de diciembre y enero. Excusitis, dicen los entendidos cuando los afectados no son los suyos; en caso contrario claman contra “tanta injusticia”, léase lo que ocurre con la situación actual de la defensa barcelonista o el eterno clamor de la prensa “madrileñista” cuando una de sus figuras -¡uy!- padece un resfriado. Y este motivo –las lesiones- es el primordial porque ha repercutido muy negativamente sobre la condición física de los propios damnificados que, en muchas ocasiones, han tenido que acortar forzosamente los plazos de recuperación y porque, de igual modo, ha afectado a las piernas del resto de profesionales que lo ha tenido que jugar absolutamente todo.
Resulta que el Sevilla Fútbol Club es hoy, junto al Atlético de Madrid, desfallecido en la Liga, el equipo que más partidos oficiales ha disputado esta temporada, un total de 35: 6 de Champions, 21 de Liga y 8 de Copa, si bien el equipo colchonero no ha pagado un precio excesivo en lesionados, ni ha disputado la competición europea al nivel de los nuestros, al quedar sin opciones de clasificación a las primeras de cambio. El Barcelona, con la enfermería vacía hasta esta semana, ha disputado al día de hoy cuatro partidos menos que el Sevilla, precisamente por “culpa” nuestra. La musculatura de los jugadores del Real Madrid se ha ahorrado seis partidos, recuerden todos consecutivos, miércoles tras miércoles, durante enero y febrero. El Valencia, eliminado en Copa, sí ha disputado prácticamente los mismos encuentros que el Sevilla pero muchos de ellos en una competición, la antigua UEFA, menos exigente que la Champions. El Villarreal, rival con idénticos objetivos a los nuestros, ni lo menciono. El Mallorca, sorprendente cuarto clasificado, ha disputado hasta la fecha ocho partidos oficiales menos que el Sevilla y -un último ejemplo- el Getafe, que nos pasó ayer por encima, ha jugado seis partidos menos que los de Nervión.
Otra circunstancia a considerar que, además, puede convertirse en el origen de lo anteriormente expresado es la escasa renovación de una plantilla cuya columna vertebral sigue siendo la misma que triunfó en Eindhoven: Palop, Escudé, Adriano, Renato, Jesús Navas, Kanouté y Luis Fabiano estuvieron entre los héroes de Holanda y continúan siendo hoy, cuatro años después, siete titulares indiscutibles.
El Sevilla, cometiendo errores, claro que sí, llega a mediados de febrero clasificado para una final, séptima de la era reciente, y vivo en las otras dos competiciones gracias a un grupo excepcional que derrocha en el campo y en el banquillo toda la profesionalidad que atesora, algo que no puede decir absolutamente nadie más en el fútbol español y, casi, en el concierto futbolístico europeo. No hay tiempo alguno para un mini stage de recuperación pero urge considerar algo parecido a ello.
Por último, una referencia a la socorrida expresión: “la suerte de los campeones”. Cuando a Manolo Jiménez se le ocurrió, hace unos meses, comentar que para disputar finales y ganarlas había que tener suerte, la panda de impresentables papafritas, se le tiraron al cuello. Hoy, sin embargo, al decir de esta gentuza, estamos en otra final gracias a Palop –que resulta que es nuestro, que nadie nos lo ha prestado- y a la suerte. Y es que claro, el gol del guardameta valenciano en Donetsk, su estelar actuación en la tanda de penaltis de Glasgow y la incapacidad del conjunto para cerrar un marcador frente a un Español en inferioridad durante casi una hora, está en todos los manuales de táctica y técnica que dominan los grandes entrenadores del fútbol mundial…
Paco Romero



