por Fátima Zulategui | 17 Enero 2010
Esto no es una carta víctima, nunca tuvo orgullo ni piedad. No pretendas sacarla de contexto, ni buscarle rencores por las esquinas de sus comas; no pretendo herirte, ni descubrirte algo que siempre supiste que eras. Podría decirte cateto, o fácil, o simple y sencillamente ignorante. Pero caería en la trampa, de jugar con los mismos dados con los que tú tiraste primero. Sólo permíteme pasarte el bolígrafo para facilitarte la mecánica tarea que te pondrás a hacer después de lo pasado esta noche, el libro que te dieron el día que aprendiste que amar lo tuyo, era algo muy rural para este mundo tan globalizado. Cambiando la lupa de la objetividad por la de la subjetividad, conseguiste gancho entre los lectores y respeto para tus compañeros; de vez en cuando alguna que otra crítica hacia tu persona, que no hacían sino acrecentar tu mirada de lince en extinción. Podrías haber aspirado a comprender la responsabilidad que tienes por escribir cada día para miles de personas, o reflexionar el ciclo de tu objeto de estudio: el por qué de una crisis, las causas para una solución. Pero no, era demasiado complicado, un camino de minas que no estabas dispuesto a escrutar. Para qué ir en contra del sistema, si el sistema fue el primero que te abrió de par en par, las puertas de su casa.
A mí, particularmente, me duele ver cómo hay mucha gente que padece tus palabras, incluso llega a despreciar aquello que siempre fue glorioso; pero no les culpo, ya sabes lo que dijo Goebbels, “una mentira mil veces repetida, se convierte en verdad”. Así que ánimo, continúa con tu cometido y escribe que nunca nos robaron en el partido del jueves; que tenemos presupuesto suficiente para competir con plantillas como Madrid o Barcelona; que este año está siendo un fracaso; que todo fue un sueño; que la culpa la tiene únicamente el entrenador; que las lesiones no justifican nada; que la Copa África no es motivo suficiente; que lo de Sergio Sánchez estaba programado; que ya hemos dejado de luchar; que los culés no nos tenían ansías tras su primera caída; que su once no fue el mejor que tenían; que ya tenemos obligatoriamente que ganar la Copa. No te alegres porque tu ciudad prospere, no te atrevas a alentar al equipo que compartió contigo tu niñez. Y sigue así, porque así siempre serás, el provinciano que siempre fuiste y que jamás reconociste. Por no saber otear más allá de los dos clubes multimillonarios, simplificar la maravillosa vida a dos colores, infravalorar tu oficio y no amar lo que estaba cerca, porque estabas tan cerca, que no tenías el valor para mirarnos.
Fátima Zulategui



