por José Enrique Vidal | 12 Enero 2010
Con cada mal resultado de nuestro Sevilla, incluso con cada partido ganado, en el que el juego no haya sido brillante (con lo difícil que es medir eso), muchos aficionados, inconformistas por naturaleza, aprovechan para pedir la cabeza del entrenador.
Algunos lo hacen con planteamientos razonables y respetuosos, la gran mayoría lo hacemos porque sí, pero aún con todo diríamos que es comprensible. La mente caliente por el sevillismo de pura raza de muchos de nosotros nos hace pensar en la necesidad del cambio, porque el ser humano tiende a cambiar las cosas, o a sentir que debe cambiarlas, en cuanto no funcionan, siendo lo realmente difícil mantenerse en las convicciones bien estudiadas y confiar en la planificación de los expertos.
Como aficionados, probablemente la mayoría pediríamos sin más un cambio de técnico, así puede comprobarse en numerosos foros de distinta índole, algunos apuntan que incluso desde las cercanías al gobierno del club.
Pero la pregunta es, ¿haríamos lo mismo si fuésemos los gestores de la entidad, los responsables –en sentido estricto- del asunto?
Les propongo que hagan ese ejercicio seriamente, con la cabeza fría, abstrayéndose del entorno e incluso de sus propios prejuicios, analizando pros y contras, y les garantizo que, si no cambian de opinión, le asaltarán numerosas dudas.
Al menos es lo que me ha sucedido a mí.
Para empezar, la gran diferencia –matices estéticos al margen- entre lo que el equipo está realizando y lo que pudiera hacer con otro entrenador es la consecución de algún título, cosa harto difícil como todos sabemos, con Jiménez y sin él.
Aunque estamos en horas bajas, el objetivo de clasificación Champions en la Liga está tan a la mano como siempre, siendo nosotros el mejor ejemplo de que las ventajas entre los aspirantes pueden ser efímeras, a poco que se compita con cierta igualdad de condiciones, algo que en este mes de enero resultará imposible para nuestro Sevilla.
Con Jiménez sabemos que el equipo, razonablemente, terminará tercero, si acaso cuarto, dependiendo de adónde lleguemos en la Liga de Campeones, y el desgaste que ello suponga, pero en la que seguimos vivos, que a nadie se le olvide.
Sin embargo, un cambio de entrenador ahora, si requiere de adaptación a la plantilla, club, ciudad, prensa, etc., puede ser muy arriesgado. Que se lo pregunten si no al Valencia, cuando en su día cesaron a su particular Jiménez (Quique Sánchez Flores), o al Atlético de Madrid actual e incluso al Villarreal de Valverde, que pese a estar desde los inicios en el banquillo amarillo, no está siendo capaz de hacerse del todo con el barco. ¿Qué hubiera pasado aquí si se hubiera apostado por el técnico vasco de los castellonenses, y se hubieran tirado tres meses de competición a la basura? En Copa todavía seguimos compitiendo, y eso que nos ha tocado en suerte el peor de los rivales posibles sobre el papel, y que esperan algunos otros de los peores, si llegara a confirmarse la hazaña ante los de Guardiola.
Al final, pones en un lado de la balanza la alta probabilidad de que Jiménez, con el equipo en razonables condiciones de competir (me refiero a las bajas), pueda clasificarnos para la Champions, con todo lo que ello supone de crecimiento deportivo y económico para el club, y en el otro la incógnita de qué pasaría con un técnico nuevo, sabiendo la enorme dificultad de alcanzar un título, y lo más lógico y natural sería mantener al de Arahal. Es la opción más conservadora o, si prefieren, la menos arriesgada, empresarialmente hablando, y esto debería pesar. Mi yo aficionado, como el de muchos de vosotros, dice “echemos a Jiménez”, pero mi yo directivo diría, “tenemos que aguantar hasta que pase el temporal e intentar asegurar la clasificación Champions”.
José Enrique Vidal



