El hombre invisible y sus invisibilidades

por José Cadenas | 26 Diciembre 2009

Es lo último en envidias y rencores. No hablar de ti ni de nada de lo que hagas para intentar que los demás piensen que no existes. Si no se habla de ti, no hay informaciones sobre ti y si no hay ningún tipo de información no trasciendes a ninguna de las esferas de lo que está ocurriendo. Es la última y más sibilina maniobra para intentar hacerte desaparecer de lo real, de lo que en realidad está ocurriendo. Normalmente, cuando uno odia o envidia al de enfrente, intenta causar perjuicio al otro o intentar ser mejor que él pero, claro, cuando lo primero falla y lo segundo es imposible, entra en juego el último recurso del incompetente: la violencia, actitud esta que no lleva a ningún sitio, nunca mejor dicho, por eso los envidiosos y odiadotes siempre están donde están.

El odio o la envidia son, para una buena parte de las personas, dos condiciones que explican ciertas conductas humanas. Hay odios personales, deportivos, odios vecinales, nacionales, etc. Bregar contra ellos y no ensuciarse devolviendo la misma moneda, significa ciertamente un acto de heroísmo.

Las miserias humanas están a la orden del día. El respeto y el reconocimiento, aún de aquellos que nos superan y nos provocan envidias, no entran en el presupuesto de muchos mediocres y no entran por la sencilla razón de que la mediocridad tiene un zurrón muy pequeño. Por ello, muy paralelo al odio y la envidia subyace la mediocridad. El gran filósofo y poeta oriental Juan Chow dijo algo para la posteridad y que muchos que se auto-ensalzan y se proclaman seres superiores, por algún trauma en su pasado, lamentablemente no superado en su vida, deberían leer, porque retrata la biografía de esta patética clase que busca como sea ser tomada en cuenta:

“al talento hay que empujarlo, porque el mediocre llega solo”.

Mediocres podemos ver que han subido por sus cálculos, antes que por su capacidad, más por el oportunismo e histrionismo que por su talento. Se distinguen por la única cualidad que han podido desarrollar: su incondicionalidad. Son como esos pececitos de colores que siempre tienen en sus despachos desde un patrón, un general o un gobernante hasta un arzobispo o un intendente protestante.

Las desviaciones de la condición humana las describió Jesús, cuando un grupo de escribas y fariseos se acercaron a él para preguntarle por qué sus discípulos no se lavaban las manos para comer pan, a lo que Jesús respondió: “No es lo que entra por la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de ella”, “lo que sale de la boca, del corazón sale y contamina al hombre, porque del corazón del hombre también salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, los robos, las mentiras, las blasfemias” (San Mateo 15: 18-19).

Nos advierte Nietzsche que debajo de la misma epidermis humana se encuentra la más horrible ofensa al prójimo. Otros profetas y filósofos nos ilustran sobre esas conductas morbosas y patológicas hasta cierto punto. El gozo provocado por el sufrimiento del otro implica una animalidad tal vez en su grado más primitivo. Reírse o sentirse satisfecho por ese mal ajeno por supuesto que no es parte de las características de un ser elevado. Según el propio Nietzsche hasta el animal más elemental puede sentirse feliz por lastimar a otro.

La lucha por posiciones, por escalar, muchas veces sin importar los muertos con que se tapizan los caminos para alcanzar el éxito o intentar igualarse a la persona odiada y/o envidiada, es parte de esta tradición de los escasos valores. Es una guerra total, de baja intensidad pero enmascarada, en tanto en cuanto se presenta muchas veces en sonrisas y palmaditas cuando no en simple “peloteo”.

La destreza de saber colocar los golpes bajos en el objetivo predilecto, alcanzan en sus manos la contundencia de un Joe Frazer esculpiendo la gloria en la humanidad de Mohammed Alí. Esos aspirantes a pluma fina me recuerdan a lo que suele ocurrir en cualquier revolución, donde además de mártires extraordinarios siempre existe una lista aún más extensa de pequeños tiranos absolutos pero demasiado ordinarios.

Esta escala de posiciones pervierte el espíritu humano. Hay “líderes” de la sociedad civil” que no soportan ver la fotografía de un representante de otro movimiento no gubernamental en un periódico. En todos los ámbitos de la vida, desgraciadamente, está esa perniciosa sed de la figuración.

La envidia es parte de la industria nacional. ¿Por qué ese malestar por ver al otro destacándose en su área? Quizá la clave la diera Francisco de Quevedo y Villegas cuando expresó magistralmente este pensamiento:“La envidia está flaca y amarilla porque muerde pero no come”.

Por eso, volviendo con Nietzsche, es algo difícil encontrar alguno de estos pequeños tiranos que pueda sentirse bien con el bienestar ajeno. En uno de sus períodos de reflexión nos dejó escrito: “Concebir y disfrutar de la alegría del prójimo es un gran privilegio de los animales superiores pero entre los humanos son raros estos ejemplares”.

Por eso y desde hace dos mil años, Jesús denunció que del corazón, entre otras perversidades, salen las envidias y los celos.

Acordémonos de esto: “Un hombre puede actuar siempre por motivos inconfesables, pero se cuida siempre de tener razones confesables para llenarse la boca con ellas”. (Nietzsche).

Los recursos del mediocre o el envidioso, que no dejan de ser sinónimos, son parte de ese terrorífico instrumental humano que ya nos adelantó Borges con su monumental historia de la infamia. La mayor parte de las experiencia nos indican que un soldado puede tener a su más grande amigo al otro lado del frente de batalla y que el enemigo puede que esté en tu misma trinchera.

Y puede que algunos no quieran mirar nunca al cielo, para intentar creerse que no existe y que los demás también lo piensen, pero la realidad es que EL CIELO ESTA AQUÍ.

José Cadenas

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