por J. Félix Machuca | 19 Diciembre 2009
Es en un campo del norte.
En un campo donde vuelan avioncitos de papel y te escupen lapos de odio y saliva a tus espaldas.
Pero el campo es del norte.
Donde se pasa la mano como si aquella ventisca fuera un lomo tranquilo al calor de la primavera.
El portero del equipo visitante es judío.
Y juega en una isla española que tiene mucha historia mosaica. De la mejor historia de España.
Cuando el portero se dispone a sacar de puerta, la multitud a sus espaldas, le grita: judío cabrón…
Siento vergüenza ajena. Y un dolor como de pena.
Qué barbaridad.
Qué brutalidad.
Y siempre son los mismos.
O sea, casi todos. No una minoría. Berrean casi todos.
Los cachorros impunes que queman mi bandera, escupen sobre el sur y se creen escogidos, en su sangre incontaminada, por el dios de aquel ayatolá enloquecido llamado Arana.
El campo sigue abierto. El campo lo es de concentración para el que no juega en el equipo de la tierra, vive lejos de Nafarroa o simplemente aprendió a jugar al fútbol con un balón de cuero y no con una piedra de lastrar barcos.
Una pequeña multa cuesta en España llamar judío cabrón a un portero en ese campo.
Es posible que crean que Jesús era euskaldún.
Y que por tanto no insulten al judio que ganó el partido del amor y la solidaridad.
A ellos solo les importa ganar. Y si hay que insultar a un judío se le insulta públicamente, como si fueran amigos del carnicero de Treblinka.
Que ellos y la Federación Española se vayan al carajo.
Perdón. Al mismísimo Karajo.
Felices fiestas a judíos, musulmanes y nazarenos. A blancos y negros. A gitanos y payos. Felices fiestas a todos los sevillistas de buena fe y mejor corazón.
J. Félix Machuca



