por Pedro Monago | 14 Diciembre 2009
¿Que qué tienen que ver el famoso árbitro y el Teniente Coronel golpista? Nada que yo sepa. Lo que pasa es que iba a escribir lo de Tejero, he oído una de esas estupendas tertulias de Radio Marca en su emisión nacional y no quiero dejar para dentro de unos días hacer un comentario que ahora es de actualidad. A fin de cuentas ambas son reflexiones de una misma jornada.
Resulta que andan los periodistas madrileños erre que erre con la confabulación de Villar a favor del Barcelona –o, lo que es lo mismo, en contra del Madrid-, sin darse cuenta de que cuando se ha dicho lo mismo en relación a su equipo del alma merengue de todos ellos, siempre han argumentado que eran pataletas sin fundamento y que lo que pasaba es que el Madrid atacaba más, de ahí que le pitaran más penaltis a favor. Lo que me ha puesto los pelos de punta ha sido el comentario de que Iturralde es un colegiado al que le gusta mucho pitar penas máximas, hasta el punto de que lleva un record de 95 en primera división.
Pues muy bien, le gustará pitar penaltis, pero cuando hayan pasado 30 años de su jubilación nosotros no habremos olvidado uno gigante de Héctor a Luis Fabiano que se comió en Mallorca y que tuvo como consecuencia directa…¡tatatachán!: una liga para el Madrid. Ah no, que entonces el Madrid ganó la liga porque en el torneo de la regularidad siempre gana el mejor y a lo largo de un año los árbitros te dan y te quitan.
En fin, vayamos a lo nuestro. El caso es que ayer, cuando acabó el partido del Molinón me acordé del golpe del 23-f y.
Como recordarán el golpe se produjo en febrero de 1981, es decir, en el transcurso de la temporada 80/81. Por aquél entonces, como es obvio, no se retransmitía por televisión más que un partido cada fin de semana, nada de PPV ni historias. Es más, los lunes no había periódico, con lo que tenías que esperar hasta el martes para enterarte de cómo había sido el partido de tu equipo cuando jugaba fuera de casa, más allá de lo que hubieras oído en la retransmisión radiofónica.
Surgió entonces una iniciativa que duró poco –imagino que por su escasa rentabilidad para la empresa, Survisión o algo así- que consistía en proyectar los lunes por la tarde la filmación del partido completo que se jugaba fuera de casa, en una sala de cine. Creo recordar que no se vendían entradas para cada sesión, sino que había una especie de abono anual que, sin ser prohibitivo, no era especialmente barato.
Pues bien, aquel 23 de febrero estábamos en la sala que tocara esa tarde –no siempre era la misma- viendo un apasionante Murcia-Sevilla que acabó cero a cero, cuando uno de los encargados interrumpió la proyección diciendo que habían oído en la radio lo del tiroteo en el Congreso y que parecía un golpe de Estado. La cuestión era qué hacer en esa tesitura y creo que no hubo ni un solo espectador que no fuera partidario de seguir viendo el partido, porque a fin de cuentas era un buen resultado fuera de casa: un positivo.
Una de las razones del fracaso de aquella iniciativa sería que, además de carecer de la necesaria emoción, la mayoría de las veces iba uno con pocas ganas de ver un partido que no era raro que acabara con un mal resultado para nuestros intereses. Eran años en los que una victoria fuera de casa se celebraba como media título, quizás también porque la ausencia de imágenes en directo revestía esos éxitos de un aura como de heroicidad.
Ayer me vino eso a la cabeza cuando me di cuenta de que no solo a estas alturas ya hemos ganado cinco partidos fuera de casa, sino que lo hacemos con una sensación de normalidad –parece que lo extraordinario es perder- que al menos a los que hemos vivido otras épocas nos parece increíble.
A todo se acostumbra uno, pero no por ello debemos no saber valorarlo porque será difícil que dure para siempre.
Pedro Monago



