por José Manuel Ariza | 3 Noviembre 2009
Saludos.
Hace algún tiempo, en mi blog, me pronuncié sobre el término “palangana” sin tener muy cierta su procedencia. Un tiempo más tarde, Carlos Romero, en el suyo, me aclaró las ideas y lejos de quitarme razones, me las reforzó.
Decía yo que contra ése término, pretendidamente ofensivo, los sevillistas habíamos reaccionado con grandeza y señorío y lejos de sentirnos disgustados, lo habíamos reconvertido en un halago, lo habíamos dignificado y elevado de categoría.
Lográbamos, por tanto, desarmar a quienes intentaban agraviarnos y obligado de ésa forma a buscar otras palabrejas con las que atacarnos.
Ésos mismos, aún en proceso de maduración, siguen soportando los mismos calificativos desde hace décadas y amenazan con arrastrarlos otras tantas.
Ocurre, además, que como sentencia el dicho “no ofende quien quiere…”, no nos permitimos sentirnos injuriados por quienes no pueden llegarnos, ni les vamos a dar el gusto de pensar que pueden molestarnos. No alcanzan para tanto.
Es un término mucho más antiguo, decía Carlos, porque como demostró sobradamente, ya se acunaba en los inicios del sevillismo y en las crónicas periodísticas. Y no era desproporcionado porque nuestro uniforme, blanco y con ribetes rojos, tenía similitudes con las palanganas de loza -de La Cartuja, don Antonio-.
También nos llamaban “merengues” por razones tan obvias como la anterior. Afortunadamente –y éste a mí no me gusta nada-, lo han monopolizado en Madrí y les concedo que se lo queden a perpetuidad, para siempre porque puestos a comparar… ¡dónde va un merengue frente con una auténtica palangana de La Cartuja!
No, a mí no me ofende y muy al contrario, paseo orgulloso mi palanganismo por ésos mundos. Insisto, además, en señalarme e identificarme como palangana. Y mis amigos también.
Y vamos portando nuestra bandera palangana por donde quiera que sea y si fuese necesario, estaríamos dispuestos a metabolizar y neutralizar otros porque para nuestra grandeza, somos los primeros en reírnos de nosotros mismos.
Cuando los demás se ríen de nosotros, llegan tarde.
Y el chiste ya no tiene gracia, so esaborío.
Cuidaros.
José Manuel Ariza



