por Francisco Borrego | 14 Octubre 2009
Cumplo 104 años. Para cualquiera pudiera parecerle que ya lo he hecho todo en la vida, que mis días están contados. Os lo aseguro, nunca he estado mejor que ahora. Bueno, en honor a la verdad, fue una gran etapa aquella que pasé a mediados de los años cuarenta del siglo pasado. Fue entonces cuando le di grandes alegrías a los míos, al igual que esta en la que hoy me encuentro, una etapa que recuerdo con enorme satisfacción. Pero la nostalgia en mí no hace mella, puesto que cada año mis fuerzas se rejuvenecen y mis fibras se afianzan para revivir momentos de gloria. Puede que no vengan en esta temporada, pero mis ilusiones se mantienen intactas año tras año.
De mis días, recuerdo, a parte de la reseñada, el momento de mi bautismo, aquel 14 de octubre de 1.905 cuando se garantizó mi futuro, aquellos hombres que ilusionados estamparon sus firmas para garantizar los tiempos venideros. Antes de ello hubo intentos que no fraguaron mi nacimiento producidos porque mi razón de ser se movía aún en delicados e imprevistos escenarios impropios de la categoría que obtuve posteriormente. Mi confirmación fue aquella línea del miedo, precursora de la delantera Stuka y la posterior delantera de cristal. Qué tardes de gloria regalé a los míos en una Sevilla que buscaba afianzar su supremacía, como antaño, en España. Gracias a mí esto fue posible y se reflejó el carácter de un pueblo que renacía de un olvido que duraba demasiado tiempo. Recuerdo el viejo Nervión donde atesoraba mi casta y coraje y recuerdo a un hombre entre muchos, D. Ramón Sánchez Pizjuán que quiso hacerme más grande e ideó el escenario propio para los sueños de grandeza. Aquel estadio forjó las noches mágicas que me engrandecerían y me consolidarían entre los poderosos.
Recuerdo una noche mágica, una de tantas pero ésta fue especial. Uno de mis hijos más amado con su zurda poderosa me abrió los pórticos del Olimpo. Antonio Puerta, a quien tiempo después quiso llevárselo Dios para que engrandeciera con su arte el cielo, supo provocar el éxtasis de la poesía, porque su fútbol atesoraba la grandeza de la rima, el poderío del verso que sabe conjuntar sobre un bien cuidado césped, las sílabas precisas para componer el mayor romance que identificara afición y jugador. A partir de ese momento, la gloria se instaló en mí y viví la poesía más radiante que entidad haya podido experimentar. Mis hijos me cantaban una deliciosa nana para arrullarme en esas noches mágicas, una nana que nadie había escuchado hasta entonces, una nana compuesta para mí desde las alturas de un escenario de arrebato. Con ella me hacía invencible, como una melodía que eclipsara hasta las mismas excentricidades del robusto Atlas, portador del mundo en sus brazos.
Recuerdo todos estos años, 104 he cumplido no lo olvidéis, son muchas las anécdotas, situaciones embarazosas y momentos felices que os podría relatar pero os lo dejo a vosotros, mis hijos, para que con vuestra imaginación recorráis los espacios destinados al tiempo y vivenciéis en vuestros recuerdos todos los años transcurridos hasta este mismo momento. Hoy os digo, que al igual que cuando vivía Don Ramón Sánchez Pizjuán, me siento rejuvenecido, dichoso, fortalecido, y todo gracias a otro presidente que ha sabido establecer un nexo de unión con su bendito antecesor y borrar de mi memoria mis muchos años de mediocridades, ha sabido cicatrizar las muchas heridas de guerra y alzarme e instalarme en el lugar de donde jamás debí bajar. Un presidente, D. José Mª del Nido Benavente que juega a ser pitoniso y augura un futuro de esplendor y lozanía con el que convertir en realidad el sueño que me predestinaron desde la cuna.
Francisco Borrego





