Tengo una corazonada

por José Enrique Vidal | 7 Octubre 2009

Resulta curioso –y demasiadas veces indignante- observar desde provincias lo que se mueve, se quita o se impone a un país entero cuando del interés capitalino se trata.

Lo madrileño constituye así, por decreto terrenal o designio divino, vaya usted a saber, un bien superior que trasciende fronteras, con el que se pretende domesticar a los demás por el mero hecho de ser eso, madrileño, y formar parte, según la sabiduría popular, del pueblo más grande de España. Un gran argumento, sin duda, profundo y razonado como sólo cabe esperar de quienes ejercen la incultura constante, laísmos y otras hierbas, mirándose el ombligo permanentemente como auténticos masters del universo.

Admito como posibilidad empírica que los zopencos que habitamos por otras geografías quizás no nos damos cuenta de la grandeza del ser madrileño, aunque confieso que me caigo del guindo cada primavera, cuando arrecian las visitas de esos mendas que deciden un fin de semana cualquiera “bajar a Sevilla”.

Pongamos que hablo, por ejemplo, de un ciudadano original de la insigne e histórica Torrelodoni, a veces incluso camuflado de payaso con sombrero de ala ancha en la cabeza -¿me visto yo acaso de chulapo cuando visito Madrid?-, explicando, en perfecta lección magistral, los entresijos de la Semana Santa sevillana, tal que así:

“-Oiga, ¿la iglesia de la virgen trianera?

-¿Cuál de ellas, señor?

-¿Cómo que cual de ellas, la Virgen de Triana, que Vd. no se entera?

-Llevo viviendo en Triana desde que nací, hace cuarenta años, y le digo que aquí tenemos a la Esperanza, la Virgen del Patrocinio, la Estrella, la O, San Gonzalo … y las de gloria.

-Nada, nada, Vd. no sabe, en Sevilla hay dos vírgenes, la Macarena y la de Triana…”

Aunque no lo crean, les juro que es un caso verídico, como diría el inolvidable Paco Gandía.

En pleno siglo XXI, los ciudadanos normales de este país, que somos inmensa mayoría, tenemos que soportar una suerte de nueva esclavitud de la que no se vislumbra manumisión posible, el madrileñismo que impregna los medios de comunicación y rige nuestros destinos, querámoslo o no. Ese madrileñismo mediático que magnifica los éxitos y silencia los fracasos de quienes ya saben, según convenga, con el esmero y la pulcritud propias de un eraser profesional.

El viernes pasado tocaba que pasáramos por la piedra del nombramiento de Madrid como sede de los Juegos Olímpicos de 2016, y tuvimos que asistir, era imposible no hacerlo, a la maniobra mediática por la causa, con horas y horas de especiales televisivos y radiofónicos, en un despliegue tan caro en términos relativos para las diferentes cadenas o emisoras “nacionales” como el costo de la candidatura madrileña para nuestros bolsillos.

Evidentemente, como inversión política anti-crisis, hablar de los juegos era algo magnífico, no digamos en caso de lograrse la designación. Habría tema para distraer a las masas y gastar a mansalva los ingresos extra de la nueva reforma fiscal que pagaremos los de siempre.

Presenciamos durante todo el día el desfile por los diferentes programas especiales de personajes tan relevantes como el currito ese que inventó el eslogan que abre este post, todos ellos interpretando un papel de apoyo aparentemente unánime de la candidatura, eso sí, siempre antes de que se tomara la decisión final. Entre ellos destacaba la santísima trinidad blanca, formada por Florentino Pérez, Raúl González Blanco y Emilio Butragueño. Tampoco faltaría a la cita ZP, cuya habilidad para aparecer y desaparecer de donde convenga ha adquirido un refinamiento propio de James Bond.

Tras consumarse el fiasco, ninguno de estos ilustres personajes aparecería en la plañidera conferencia de prensa posterior comandada por Gallardón, junto a su escolta pretoriana de figuras del museo de cera vestidas de uniforme aguacate. Tocaba limpieza a fondo, tanto de la imagen zapateril, como de la del tridente celestial del mejor club del mundo de todos los tiempos, incluso de antes de que se inventara el fútbol, entre otros muchos voluntarios. Floren, Raúl y el Buitre habían volado, al igual que el presi Rodríguez. Las horas de televisión y radio previstas se esfumaron para siempre por arte de birlibirloque, y se hacía necesario poner en marcha el plan B de la conjura diabólica contra el divino madrileño. Sin duda, ha habido boicot, dicen ahora. Nunca antes la burocracia olímpica se había parecido tanto a la futbolística. Sabemos que en Europa las cosas funcionan de otra manera que en España. Aquí habría sido impensable que Madrid no se hubiera salido con la suya, por lo civil o por lo criminal, como diría Aragonés.

Me vino a la mente entonces el eslogan ese, tengo una corazonada, y la imagen del poderoso Sevilla que está construyendo Manolo Jiménez, cual modesta Río de Janeiro, pulverizando a la soberbia galaxia madrileña. Se me hizo presente al ralentí el fotograma de un equipo andaluz, del tercer mundo futbolístico patrio, ocupando el lugar reservado a los dioses de los millones de euros invertidos en gomina. Pude adivinar delante de mis ojos la fuerza de la ilusión de un sevillismo triunfante, haciéndose un hueco en el palacio reservado para los terratenientes del fútbol. ¿Será una premonición? Dos días más tarde el equipo único tocado por la divinidad caía humillado por un vendaval blanquirrojo que se resiste a ser comparsa en la contienda futbolística más desigual que jamás se haya conocido. ¿Y si fuéramos capaces de dar la sorpresa? Tiempo al tiempo. Nadie daba un duro por Río salvo los candidatos que fueron cayendo. Da que pensar.

¿Habrá llegado la hora de los pobres?

Ya toca un título liguero para nuestro hemisferio sur.

Sevilla es Río.

José Enrique Vidal

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