por Pedro González | 4 Octubre 2009
Desde la perspectiva histórica deportiva de nuestro club podría decirse que el nuestro ha sido, con pocas y honrosas excepciones, un club de los denominados perdedores. Los de mi generación, los nacidos en los años 50 y 60, somos los que más tiempo hemos llevado colgado esa medalla.
Tanto es así, que los de la otra acera ya decían que si nosotros habíamos ganado alguna vez “algo”, ya que su equipo había conseguido ganar dos copas del Rey en el breve intervalo de una decada.
Eramos un equipo de sufridores, acostumbrados a pasar sin pena ni gloria por cada Liga o Copa (lo de Champións nos sonaba a logros inalcanzables y la Uefa era el colmo de nuestra aspiraciones), y eramos un club abonado a perder todos los trenes que pasaban. Estábamos en la estación, pero nunca podíamos subirnos a esos trenes de la gloria.
Lo que no queríamos saber, o no nos dabamos cuenta o lo sabíamos pero preferíamos ignorarlo, era que no teníamos billete para montarnos en esos trenes cuyo destino era la consecución de los trofeos. Todos los sevillistas, de mi generación para acá, ansiabamos no ganar una final, si no, simplemente, jugarla.
Ya a finales de los ochenta y con la presidencia de Luis Cuervas, el sevillismo pareció despertar de su letargo y la osadía y el atrevimiento de la directiva de Cuervas acabaron por encender una mecha ilusionante que, desgraciadamente, empañó primero la conversión en sociedad anónima deportiva y lo finiquitó el Agosto del 95.
Lo vivido desde el 95 hasta la llegada de este Consejo fue, esta vez afortunadamente, de peor a mejor.
Y lo mejor para este club, fue la llegada de José María del Nido a la presidencia del Consejo de Administración.
El que suscribe este comentario tenía razones para pensar, en aquellos momentos, de que el hecho de que José María del Nido afrontara la presidencia del Consejo de Administración, tras el agotamiento y el pesimismo de D. Roberto Alés y tras el fiasco presidenciable de D. Eduardo Romero, y conociendo la vehemencia de nuestro actual presidente, que el futuro sevillista podría verse abocado, al 50% en ambos casos, al más estrepitoso de los fracasos o al más relevante de los éxitos. Es decir, seguir siendo perdedores o de una maldita vez, ser ganadores de algo.
Nuestro presidente ya había más que demostrado que no es hombre de medianías. Que era un hombre de todo o nada.
Llegaba al club alguién que tenía todos mis respetos, como sevillista y como dirigente, sin dudas en lo primero, pero expectante y preocupado por lo segundo, porque ese día del nombramiento no se expuso a la Junta General cuáles eran los propósitos ni cuál era su programa de acción para sacar al Sevilla Fútbol Club de su agónica situación deportivo-financiera y nos quedábamos sin saber cuáles eran las soluciones para acabar con esa crisis que duraba tantos y tantos años.
Pronto, muy pronto, se vió que el cambio de fisonomía y de estructuración del club era la primera tarea a acometer por el nuevo Consejo, y luego en un intervalo tan corto en el tiempo convertir un club pesaroso, triste, hundido en la miseria de su casi desaparición, en un club de éxito incuestionable, cada día mas presente en todos los ámbitos de la vida.
Medios de comunicación, prensa, radio y televisión. Estructura orgánica administrativa y deportiva. Balance financiero con Patrimonio Neto Positivo, lejos de los 40 millones de Euros de saldo negativo en los Fondos Propios. Superavit año tras año en la Explotación del Club. Venta de jugadores a precios inimaginables y compra a precios asumibles por nuestra economía. Equipo de la primera plantilla con mimbres para afrontar la pelea con los más grandes, !ojo! de España y de Europa. Doble Campeón de la Uefa, Supercampeón de Europa, Campeón de la Copa del Rey, Supercampeón de España, reconocimiento de mejor equipo del mundo dos años seguidos….etc.etc.
No queda tan lejos esa imagen de club del montón, de club viviendo de glorias pasadas, de club con historias para no dormir, de club de perdedores.
La realidad actual es la que es. Nuestro Sevilla F.C. convertido, en poco más de siete años, en una entidad seria que cree en lo que hace, una viva alternativa en todos los niveles sociales, un duro rival en todas las competiciones deportivas, a nivel nacional e internacional, sin que por ahora se le vislumbre cuál es el techo futuro que medirá a este equipo.
Hoy, señores, tenemos billetes de primera en todos los trenes que vayan a salir esta temporada. Y con economía suficiente para adquirir los de próximas temporadas.
Ese es el enorme logro de José María del Nido y su Consejo. Fijense como está el patio que lo único que dirimimos ya los sevillistas, lejos de tantas y tantas preocupaciones, es si nos gusta o nos deja de gustar el juego que impone el entrenador de nuestra primera plantilla. Aún a pesar de ser terceros y batir records. Bendito inconformismo.
Pero hoy, después de muchos, muchos años, éste sevillista va a asistir este Domingo a un partido de fútbol con el más poderoso de los clubes del mundo, el R. Madrid, sin sentir ni la más mínima diferencia. Acudiré sin sentirme un aficionado de un equipo al que se le pueda ningunear y ganarle con la gorra y a no ser que la mano de un juez incline la balanza hacia el poderoso, voy con la confianza de enfrentarme a un igual. De que puedo ganarle el partido porque no parto con la desventaja, la enorme desventaja de salir derrotado antes de empezar.
Porque, por fortuna, hoy ya no me siento un perdedor.
Pedro González



