por Ángel Cervantes | 29 Septiembre 2009
Lo de Valencia, lejos de representar la primera evidencia de que el Sevilla, además de aburrir a las ovejas, se había convertido de facto en un equipo previsible y burdo, dirigido desde la banda por un indocumentado del tres al cuarto (¡después de una jornada de Liga, una!…), habita ya por los más recónditos rincones de la memoria. Accidente, debacle, desajuste general o, simple y llanamente, error de cálculo de técnico y jugadores, ha transcurrido poco más de un mes para que la clasificación de la tan cacareada mejor Liga del mundo haya calcado las tres primeras posiciones del anterior ejercicio: terceros en solitario.
El Sevilla tapa bocas a mansalva, bocas que se abrieron precipitada y torpemente para esgrimir las mismas batallas de siempre. Bocas que parecen ancladas en el fútbol de los ochenta, con la insufrible cantinela de ese medio centro organizador extinguido desde hace casi treinta años de los esquemas tácticos. Bocas que insistían (ya insistirán, alguna vez habrá que jugar un mal partido) en que el equipo ganaba pero no enamoraba. Bocas que apuntaban al banquillo cuando las cosas no salían y ponderaban las individualidades vestidas de corto cuando se ganaba y se convencía: demagogia en estado puro.
Se mira la clasificación: doce puntos de quince posibles. Jiménez tapa bocas a golpes de autoridad, efectividad, resultados (esto es, fútbol). Aguarda Ibrox Park, los de la Castellana empezarán a torcer el gesto a partir del jueves.
Qué aburrimiento.
Ángel Cervantes



