por José Enrique Vidal | 29 Septiembre 2009

El pasado sábado me perdí el partido de Bilbao.
Sí, ya sé que fue uno de los mejores encuentros del Sevilla de Manolo Jiménez, he dicho bien, Jiménez, pero unas invitaciones para la corrida estrella a priori de la Feria de San Miguel en la Maestranza me hicieron faltar a mi cita obligada con la TV para ver a los nuestros.
El espectáculo taurino, en cuanto a lucimiento de los espadas, fue discretísimo, por mor del escaso juego de los astados, principalmente. Sin embargo, en la grada, la afición estuvo bastante animada, y no precisamente por lo que estaba presenciando en el ruedo, sino por las noticias futbolísticas que las ondas nos iban trayendo desde la capital vizcaína.
En dos horas, el público de la Maestranza, dentro de su diversidad, dio toda una lección de eso que ahora se ha dado en llamar comunicación no verbal.
Primero el rumor seco del gol, de cada gol, en las gargantas mudas de respeto de los aficionados sevillistas con pinganillo al oído. Parecíamos dirigentes sentados en el palco, reprimiendo nuestra alegría para no alterar el buen orden de la lidia. Todo muy cortés y educado, y solo una licencia para tanto cohibimiento, presionar convenientemente la rodilla de nuestra pareja, para transmitirle el mensaje del acierto sevillista ante la meta rival.
A continuación, los espectadores sin radio y los habituales del callejón, girando sus cabezas hacia el tendido en busca de la confirmación de los goles en rostros amigos, y, de seguido, el gesto cómplice en la mirada y las manos de esos mismos aficionados, señalando con sus dedos, en cada ocasión, el montante creciente de la goleada de San Mamés.
Finalmente, aunque no por ello menos digno de mención, las caritas de asco -fingiendo indiferencia- de esos que se han apuntado con resignación al fútbol de las mañanas dominicales, como si todo el año fuese Semana Santa.
Entre toro y toro, en ese ratito que uno tiene para ponerse de pie y desentumecer las piernas, por fin llegaba el inevitable comentario sobre la hazaña en la Catedral, y sobre esa primera parte de ensueño –tres goles como tres trofeos- que merecía por sí sola una salida a hombros por la puerta grande.
Anécdotas al margen, el sábado en los toros me di cuenta de la ilusión que despierta este Sevilla entre los nuestros. Pude verla en multitud de rostros anónimos que se me hacían familiares mostrándome la luz de su sevillismo ilusionado, imágenes que recordaba en mi mente, aún frescas, de lugares como Eindhoven, Mónaco, Glasgow o Madrid.
El equipo empieza a parecerse al conjunto potente y arrasador que ocupa el pensamiento idealizado del aficionado. Estamos lejos aún de alcanzar un triunfo sonado, pero parece, ojalá que sea así, que hemos encontrado el camino que algunos -¿muchos?- habíamos reclamado desde el teclado. Que dure.
Visto lo visto, ha llegado la hora de renunciar a los egos y buscar la necesaria comunión del equipo y la grada. No es de recibo que la imagen de la esperanza por hacer algo grande aparezca en la Maestranza en lugar de Nervión. Empecemos este mismo domingo, en el que nos espera una miurada sólo apta para valientes … y para incondicionales.
José Enrique Vidal



