por Agustín Embuena | 25 Septiembre 2009

Transciende del mero hecho deportivo, de la rendición a unos colores que la más de las veces se adquiere, a la vez que la condición de nacido. Las gradas del Pizjuán, escriben partido a partido versos de tradición y de fidelidad.
Incluso los más reacios a este tipo de espectáculos, el fútbol lo es, lo quieran o no, los entendidos en estrategias y tácticas, no puede evitar una particular emoción, cuando el Himno del Arrebato es coreado por miles de gargantas, mientras enmudece la megafonía.
Pero empieza el partido y la cosa cambia, poco a poco, los buenos lectores de partidos, que los tenemos y muchos, comienzan a comentar entre ellos, dibujos tácticos, posición de los jugadores, caídas a uno u otro lado y un variado conjunto de expresiones, que medianamente introducidas en la conversación, le da a más de uno empaque de entendido.
Sin embargo y yo con cierta vergüenza y pudor, me cuento entre ellos, también somos muchos, los que a la vez que un encuentro deportivo, sentimos la necesidad del calor y la emoción y en mi opinión, el equipo de mis amores no emociona.
Muchos, de los pocos que habrán llegado hasta este párrafo, ya habrán meneado la cabeza y dudaran de mi capacidad mental, alguno quizás hasta se moleste, les pido perdón de antemano, pero me siento en la obligación de exponer lo que siento.
Sería un perfecto imbécil, si le negase a este Sevilla, sus últimos logros y criticase a su técnico, después de que nos ha puesto donde actualmente estamos, con circunstancias, que a nadie escapan y que no han sido para nada favorables. Pero hecha esta salvedad, me limito a describir lo que veo, o al menos lo que creo ver.
Es innegable, que vamos a mejor, que hay más ganas en todos y cada uno de los jugadores, que Jiménez es todo un espectáculo de lenguaje icónico y que vive cada instante del encuentro con la visión de un técnico pero con el corazón de un forofo. Todo ello es cierto.
No obstante, minuto a minuto si la incertidumbre del resultado no mantiene la atención, La tensión decrece y algo muy parecido al aburrimiento, va apareciendo en miradas perdidas a las gradas, consultas con el reloj y algún que otro bostezo.
Quizás y no lo dudo, la culpa sea nuestra. Quizás nos falte un mucho de espíritu biri, al jalear cada movimiento y cada jugada. A lo mejor es que somos, muy “señoritos”, como dicen aquellos que nos envidian. Y por ello, pediría a todos y cada uno de los que crean que llevo algo de razón, que hagamos un esfuerzo por trasmitir desde la grada, ese toque de sentimiento que invite a nuestros jugadores a disfrutar jugando.
¡Qué bote Nervión!
Agustín Embuena



