por Pedro González | 28 Agosto 2009
Nuestros corazones siguen sangrando. Siguen sangrando roja sangre de una herida sin límites, de una herida que jamás sabremos cuando se cerrara en nuestros corazones sevillistas.
Hace dos años de un día como hoy, mi querido Antonio, el destino, tan cruel e incomprendido en muchas ocasiones y más en esta tristísima ocasión, se llevó tu joven cuerpo dejándonos a todos los sevillistas el alma en lacerante y latente pena. Y a los que tuvimos la suerte de verte crecer, de vivirte, ese cruel destino, además, nos borró la sonrisa de nuestras almas, y nos dejó inmersos en la perplejidad eterna de nuestra incomprensión ante tu muerte.
Dos años después, todos los que te queremos seguimos sin poder entenderlo. El recuerdo de esos dramáticos días sigue confuso en nuestra memoria y todavía, en estos momentos, el hueco que dejó tu presencia sigue teniendo universales dimensiones.
Siento decirte Antoñito, que no sólo los sevillistas seguimos llorando tu partida, somos todos aquellos que entendimos que dentro de un futbolista ejemplar había una persona humilde y sencilla que se ganó la admiración de todos. Todos esos, Antonio, día a día, hacemos el gran esfuerzo de intentar recuperarnos, de alejar el dolor permanente de tu ausencia.
Sé, también, que tú jamás admitirías que nadie sufriera por tu culpa. Qué estabas presto a la ayuda de la gente que se encontraba mal, y que tu frase favorita era “échale cojones a la vida”, como indicativo de que había que luchar contra todos los infortunios, con valor y coraje, dando la cara y enfrentando los problemas buscando soluciones. Que debíamos ser positivos, y valorar nuestros errores para mejorar el futuro.
Y eso hacemos querido Antonio, echarle cojones a la vida e intentar superar tu ausencia quedándonos con lo bueno que nos ofreciste, haciendo nuestra tu frase para encarar el futuro, buscando la solución que dé serenidad y comprensión al hecho cierto de la ausencia de tu cuerpo, pero con el ejemplo de no dejarnos vencer y tenerte vivo, muy vivo, siempre en nuestras almas y nuestros corazones.
Tienes nuestra promesa de que seguiremos enfrentándonos a la vida como tú querías. Intentaremos comprender. Pero tú, no olvides y creo que no hará falta decírtelo, Antoñito, porqué que tú lo sabes, cuanto te queremos y cuanto te echamos menos.
Pedro González



