por Alejandro González-Serna | 28 Agosto 2009

Como saben, la feria de Sevilla se celebra cada año en un efímero recinto y dura apenas una semana, pero hoy vengo a hablarles de otra feria. Les hablo de “la feria del sevillismo”.
La feria del sevillismo, nuestra feria, coincidió durante unos días con la feria de Sevilla, pues comenzó un 27 de Abril de 2006, y su “alumbrao” fue el antológico gol con el que nuestra zurda de diamantas nos regaló nuestra primera final europea.
Tras 58 duros años de travesía por la nada, por fin teníamos algo grande que celebrar. Allí comenzó nuestra feria. Desde ese momento, el sevillismo vivió en una feria continua, entre palmas y bailes, entre sonrisas y cantes, entre copas y trofeos. El sevillismo era uno, un sentimiento encerrado que explotó súbitamente, convirtiéndose en un grito de alegría que traspasó las murallas de nuestra ciudad siendo escuchado y admirado en el mundo entero.
La feria de Sevilla volvió otra vez, y efímeramente volvió a marcharse, pero nuestra feria continuaba y no había atisbos fuera a concluir. Parecía que nuestra feria no terminaría nunca, pero por desgracia, todo lo que empieza termina algún día.
No creo que el final de la feria fuera el reparto de las entradas para las finales ni tampoco el precio de los abonos, pues tras ellos, el sevillismo al unísono siguió celebrando, cantando y brindando entre copa y copa, por más que tal vez alguna “caseta” se cerrara por estos motivos.
En mi opinión, nuestra feria, la feria del sevillismo, terminó de forma brusca e inesperada aquel aciago 28 de Agosto.
Se nos borró la sonrisa. Se nos quebró la alegría. Las copas se volvieron efímeras y los triunfos se tornaron banales. Aquel día, se acabó la feria.
Esa ruptura en las entrañas del sevillismo fue aprovechada repugnantemente por algunos buitres carroñeros, que cansados ya de revolotearnos alrededor sin nada que llevarse a la boca, comenzaron a escupir su bilis sobre papillas, ambulancias, desfibriladores, sobre la duda y el escándalo.
Temblaron los cimientos del sevillismo. Se abrieron enormes grietas en nuestros doloridos corazones. Definitivamente, la feria se había acabado.
Los buitres y las hienas, aprovecharon nuestra debilidad para seguir sembrando y alimentando las dudas, y la nocturna huida de su confidente terminó de abrirles la veda de caza. La fractura se hacía más y más grande, y ni las victorias de un maltrecho equipo conseguían ya apaciguarlas.
Se apagaron las voces, enmudeció nuestro himno, se callaron las palmas, se apuraron las copas. Irreversiblemente, la feria había terminado.
Tras 58 años sin copas que sirvieran de excusa para lucir nuestro orgullo sevillista, tuvo que llegar algo tan grande como una final europea para que la feria del sevillismo empezara por fin.
Hoy, de forma nostálgica e ingenua me pregunto: ¿Volverá algún día la feria del sevillismo?
Y me respondo yo mismo que una final de Champions o una liga serían la mecha perfecta para volver a prender aquella llama.
¿Qué hacemos entonces?, ¿Seguimos soñando?
Alejandro González-Serna



