por José Manuel Ariza | 26 Agosto 2009
Saludos.
Aunque ya han pasado algunos días desde que nos trajimos el Carranza, me gustaría dedicarle unas líneas al tipo aquel que tuvo la grandeza de atentar contra sí mismo, con éxito, antes que agredir a otra persona en las barbacoas de la Playa de la Victoria.
El tal Bayron era aquel inmaduro que la emprendió a muletazos, junto con otros tres energúmenos, al guarda de seguridad en el Sánchez Pizjuan en 2002. Todos recordamos las imágenes y la angustia que nos produjo el suceso. Antonio Orrego tardó 51 días en curar de las lesiones.
La pena, por ser menor, solo le supuso siete meses de encierro. Solo siete meses porque nuestro sistema garantista no permite penas mayores. En cualquier otro sistema un poco más duro, le hubieran salvado la vida. ¿O estaba ya condenado por sí mismo?
Pues éste jovencito bético –sin que el color defina nada-, decidió celebrar su hombría, su valor y su machismo estúpido clavándose una navajita en el pecho. Y era una navajita ridícula de apenas un centímetro.
Parece de cachondeo.
Tuvo, sin embargo, el buen tino de pincharse en una arteria. Es probable que en otras circunstancias hubiera debido necesitar cientos de pinchazos, sin acertar ninguno, y fallecido desangrado por la masacre en el pecho.
Parece que tenía hijos y lamento lo sucedido por ellos y por su viuda. Pero puede que les haya hecho un favor.
Tal cual ocurre con los que matan a sus parejas y luego se suicidan –o lo intentan-, éste Bayron optó por la idea que vengo proponiendo desde siempre: suicídate primero y luego mata a tu pareja. Cretino.
Y como ésta sociedad está perfectamente madura –en nuestra incesante persecución del modelo yanqui- para que las cuestiones más pueriles se propaguen, puede que tengamos la suerte de que se produzca la pandemia y todos éstos animalitos decidan imitar al Bayron.
Sería de agradecer.
Por una vez y sin que sirva de precedente, le otorgaré el título de Lord porque ha alcanzado el rango suficiente.
Cuidaros.
José Manuel Ariza



