por J. Félix Machuca | 17 Agosto 2009

Veo al Madrid y no alcanza sobre el campo la excelencia de juego presumible por la galáctica nombradía de su escuadra. Veo a los colchoneros y, pese a mantener el bloque, hay ciertos pitos que desafinan. El Valencia en Cádiz pareció que venía de carnavales: su rostro futbolístico era irreconocible. El Villareal intenta salir del vértigo anímico que le produce no contar con su principal director de orquesta, ahora en Madrid. Todos los equipos están enfrascados en sus afanes y esfuerzos por llegar a final de agosto con cierto tono de razonable cohesión. Todos menos el Sevilla. Condenado, al parecer, a una incómoda urgencia.
¿A qué viene esta urgencia por parecer lo que aún no es? ¿A qué esa desconfianza en un equipo que se está acoplando y ajustando? ¿Por qué exigirle, ahora, en estos momentos, al acorazado blanco lo que nadie le exige a su equipo? Muchos sevillistas siguen secuestrados por el pasado más inmediato. Y piensan que la vida es sueño. Sueñan con lo imposible. Con volver al pasado. De ahí parten las urgencias. Quieren a un equipo que ya no es y, además, no puede serlo. Dejen las urgencias para el Virgen del Rocío o el Macarena. Y agotemos el tiempo de pretemporada en lo que hay que agotarlo. Ajustando al equipo y esperando que venga lo que hace falta. Pero lo que nunca vendrá es lo que pasó. Y así entiendo que esas urgencias que no tiene el Madrid, el Valencia, el Villareal y los colchoneros es una bobería que la tengamos en el Pizjuán. Terceros en la Liga pasada. Y aspirante este año a seguir en la Liga de los ochenta puntos. Relájense y gocen lo que sepan.
J. Félix Machuca



