Una de cal…

por Enrique Ballesteros | 13 Agosto 2009

Si tengo que ser sincero, la gota que colmó el vaso a la hora de escribir este artículo fue el hecho de presenciar horrorizado como vestía mi Sevilla contra los coreanos del Seongham en el último encuentro que disputamos en la Peace Cup. Víctor Orta, ayudante de Monchi en la dirección técnica, un hombre en teoría muy alejado del departamento de marketing, en La Sexta, no hacía más que insistir y convencer a sus compañeros de retransmisión que ese tipo de camisetas “se vendían como churros” y que “la gente las prefiere antes que las más clásicas”. Se me vino a la mente la siguiente definición: Finca extensa con edificaciones para labor y vivienda, propia de Andalucía y Extremadura.

Detrás de esta barbarie que no deja de ser una anécdota, se esconde un mundo de tropelías una detrás de otra. Sería muy complicado sintetizarlas todas en una simple columna. Se pueden simbolizar perfectamente en una cabezadita cuando José María del Nido está recitando un discurso hacia sevillistas. Tampoco soy la persona más idónea, gente muy cercana se han visto afectada por este tipo de calamidades. Desde los Biris hasta la mascota. Pocos nos salvamos. Quizás porque fui a un partido de Champions y no a Zaragoza, aunque no lo entiendo, porque no llegué a Sevilla vía agencia de viajes.

Todo excusable bajo el escudo de los cinco títulos. Todo vale. Meter el amarillo entre el rojo y el blanco. Colocar el amarillo y el rojo entre el negro. La extorsión al bolsillo del socio bajo argumentos incoherentes, sería como si en un control de alcoholemia dieses positivo diciendo que tienes un hijo que padece síndrome de down. Intentar encauzar el ancho mar intentando dirigir el agua a través de cepos. Tan inútil como protestar en masa. Es igual, en masa o de manera individual. Siempre se podrá abogar por una ley a tu conveniencia.

A la derecha, siempre a la derecha. En la Feria de Abril, en las ofrendas, en las presentaciones, en los títulos, en los homenajes de tifosis. O cuando descendió el Sevilla Atlético, ah no, antes sí y después no. Continuamos igual, pasando del naranja al azul, y del azul al rosa. No ha lugar el color del trapito, lleva el escudo y punto. Y si no estás de acuerdo, despedido.

Eso. Un escudo. Un parapeto, una marioneta, un muñeco, pero inservible y destructivo. Afecta a la imagen de la entidad, precisamente a la imagen. Nada de promesas. Faltar a la palabra. Se han dicho tantas cosas, se han denunciado tanta brutalidad en forma de realidades contra el aficionado de a pie, se han nombrado a tantos protagonistas, se han comido tantas gambas ¿Que para qué pelos y señales? Si no ha variado el panorama un ápice. Lo más grave de todo es que no pasa nada. Sería como esperar a que un londinense cobrase menos en el mismo trabajo que un sevillano. Callados y palmaditas en la espalda. Siempre el primero, y a la derecha. Todos felices. Y seguirá ocurriendo lamentablemente, porque siendo sinceros, una vez ganamos cinco títulos.

Enrique Ballesteros

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