por Paco Romero | 12 Agosto 2009
No por esperado resulta más incomprensible: otra vez el debate del entrenador.
La temporada pasada culminó, como no podía ser de otra manera, con la decisión empresarial más adecuada del Consejo de Administración del Sevilla F.C. SAD. La continuidad de Jiménez al mando de la primera plantilla no resultó una elogiable decisión del órgano rector del club sino la natural aprobación de una medida que se ganó el técnico tras dos temporadas ligueras de números espectaculares. Manolo Jiménez no fue renovado, se renovó él solito.
En la competición liguera de los 69 partidos que el de Arahal ha dirigido desde el banquillo (31 en la temporada de su debut y 38 en la última) el Sevilla ocupa la tercera posición del campeonato, detrás de los dos trasatlánticos del fútbol mundial y, por ende, del español. Los tozudos números se encaprichan en proclamar que estamos ante el entrenador de la historia centenaria del club que, con mayor perseverancia, asiduidad y contumacia, nos ha elevado obstinada y regularmente a las posiciones insignes de la clasificación.
Manolo Jiménez -¡lo que son las cosas!- es el único entrenador de nuestro club que ha acaparado en la Liga de Tres Puntos más del sesenta por ciento de los puntos puestos en juego (60,87%), seguido del “mejor entrenador del mejor Sevilla de la historia”, Juande Ramos, con el 59,04%, que tampoco es moco de pavo.

Estos son los irrefutables números que adornan la trayectoria en el banquillo de nuestro actual técnico. Sin embargo, demasiada gente centra su “ira” en su irremediable marcha como remedio de todos los “males” que asolan al club. He querido entrecomillar dos palabras cuyo significado no alcanzo a entender en el actual Sevilla ¿Se puede tener sentimiento de ira contra algún estamento de este Sevilla del verano de 2009? ¿Son fácilmente identificables todos esos males que “arruinan” al club?
La Ley de Memoria Histórica debiera tener un capítulo dedicado a las vivencias sevillistas a lo largo de sus casi 104 años de historia o, más fácil aún, de los últimos 14: descensos, descapitalizaciones, deudas, desfalcos, desdoro, deshonor, mediocridad… Está bien y es necesario que tras la gloria de los títulos nos hagamos ambiciosas preguntas y encontremos válidas, legítimas y autorizadas respuestas: ¿qué Sevilla pretendemos, qué club somos capaces de forjar?, pero sin olvidar otros interrogantes con contestaciones más fáciles y, por desgracia, amargamente conocidas: ¿quiénes somos, qué hemos hecho, de dónde venimos?
Está claro que en el plano deportivo-preciosista el Sevilla no ha encontrado la claridad de ideas de hace dos temporadas, tampoco están sobre el césped los mismos protagonistas. Encontrar sustitutos a profesionales como los que, irremediablemente, han abandonado nuestro club no es tarea fácil y en eso debe poner todo su tino la dirección deportiva.
Si el problema fuera Jiménez, la solución parece meridianamente clara y, así, todos contentos: fichemos al mejor entrenador del mundo; cueste lo que cueste será la opción más barata y sinónimo de triunfos. La solución, insisto, no parece viable. Si así fuera -siempre pongo el mismo ejemplo- el Barcelona del triplete tendría entrenador para seis lustros, sin embargo el fútbol no es una ciencia exacta y los ciclos, por suerte y por desgracia, se cumplen para dar comienzo a un nuevo periodo.
La borrachera de triunfos puede conducirnos a la autodestrucción. Llegarán tiempos nefastos, de vacas flacas, comparados con los actuales y “allí será el llanto y el rechinar de dientes”. No nos adelantemos. Mientras tanto, ¿tenemos, o no, derecho a disfrutar del Sevilla actual? Centrémonos en lo que por fortuna tenemos: una apasionante temporada siendo –otra vez- grande entre los grandes, cabeza de grupo en la Liga de Campeones incluida. Otra cosa sería dar muestras inequívocas de una definitiva pérdida de rumbo.
Paco Romero



