por Alberto Blanco | 10 Agosto 2009

Una terrible noticia llegaba cuando el Sevilla jugaba sus primeros minutos del segundo encuentro. Daniel Jarque, central y capitán del RCD Espanyol fallecía en su hotel de concentración en Italia por, según parece, causa de un ataque al corazón mientras hablaba con su chica, embarazada y próxima a dar a luz a su segundo hijo. La crueldad del destino parece no tener límites.
Demasiadas similitudes con nuestro añorado Antonio como para no echar la vista un par de años atrás. Uno, Jarque, ya era capitán de su plantilla. En Puerta, muchos compañeros veían al futuro capitán del vestuario de Nervión. Ambos se habían criado futbolísticamente en el club de sus amores, desde categorías infantiles hasta llegar al primer plantel y conquistar títulos de relevancia con sus respectivos equipos.
Ambos dejaron a un crío a las puertas de la vida, que se convirtió en el caso de Aitor, y se convertirá en el caso del de Jarque, en hijos póstumos.
Demasiado dolor para asumir en tan poco tiempo. Toca llorar, toca liberar toda esa rabia, esa incomprensión a la vida que mora dentro de cada uno de los corazones periquitos.
Es momento de honrar la memoria de Daniel Jarque, de elevarlo a los altares de la historia de un club grande, y de hacer que su memoria, la del gran capitán, perdure para siempre.
Y después, porque vendrán, porque aparecerán con sus sucias y asquerosas garras cuales buitres acudiendo a la carroña, tocará defender su figura, tocará alejarla de toda esa basura y bazofia periodística que se hace llamar “la prensa rosa” (nunca un color tan dulce tuvo peores representantes)
Porque vendrán los comentarios hirientes, las especulaciones de aquellos con tan poco tacto para hurgar en la herida de lo que no tiene explicación ni nunca lo tendrá.
Ni revisiones médicas, ni presión mediática, ni papillas.
Jarque se marchó como se marchó Puerta. Cosas de la vida, cosas de la ciencia, que habrá que seguir investigando para que ésta, sea la última vez que se ha de llorar a un deportista de élite cuando la cima se veía tan cercana.
Pero que lo hagan los profesionales de la ciencia y la medicina, y no la vergonzante pandilla de cuatreros que suponen los componentes de La Noria y demás bazofia televisiva. Ante ellos, permitidme el consejo hermanos pericos, es ante quienes habéis de levantar la voz en un grito unánime para preservar intacta la memoria de vuestro gran capitán y deportista Daniel Jarque.
Menuda zaga se están montando en ese equipo supraterrenal, con Antonio en la izquierda y Daniel en el eje de la zaga. Desde allí, juntos, en sus “pachangas” al atardecer, contemplarán con brillo en sus ojos como toda Sevilla y Barcelona recuerdan y honran su memoria cada mes de agosto, cada minuto 16 y 21 de partido, para que su llama nunca se apague y sea la luz que guíe a los nuevos canteranos sevillistas y periquitos en el modelo a seguir como grandes deportistas, y mejores personas.
Se os quiere, se os echa de menos.
Alberto Blanco



