por Pablo F. Enríquez | 2 Agosto 2009
Foxboro Stadium de Boston, Estados Unidos. 9 de julio de 1994. Roberto Baggio anota en el minuto 87 el tanto que saca de España de otro Mundial. De nuevo en cuartos. A la misma hora, en la redacción madrileña de un diario de tirada nacional, los plumillas festejan el tanto del transalpino como si se tratara del sindicato de estibadores del Porto Civile de Palermo, al tiempo que dedican todo tipo de improperios a Javier Clemente cada vez que el realizador se detiene en la imagen del seleccionador. Esta escena es tan real como los becarios que ese verano asistieron atónitos al ejercicio de cinismo de quienes no tardarían en señalar al de Baracaldo como el culpable de la tremenda frustración que, según las crónicas del día siguiente, embargaba a un país que pedía responsables. No contaban con la foto de Luis Enrique tras su cruce con Tassotti.
Viene esto a cuento de la historieta que hay montada con el entrenador que ha situado de nuevo al Sevilla FC en la Champions League, tras terminar tercero un campeonato en el que los dos equipos que le precedieron se han entretenido en batir una lista de récords que no vienen al caso. El éxito incuestionable (lea bien: incuestionable) de Manolo Jiménez, ese sorteo europeo con el Sevilla en el bombo de los mejores, debiera ser como la nariz ensangrentada de Luis Enrique. Un remedio balsámico, al menos por unos meses, para tanto profesional de la discordia que la mayoría (sí, la mayoría) tenemos que soportar en la grada y al amparo de algunas empresas de comunicación. Pero ni eso.
Hablan de dinero, de fichajes y de planificación con una ignorancia impropia del que ha sido educado los últimos años en una lógica empresarial que debería ser motivo de orgullo para todos los que se dicen sevillistas. Un modelo de empresa deportiva que sirve de referente para el resto de los que, dentro y fuera de nuestras fronteras, ya hablan de organizarse para ser “como el Sevilla”. Ebrios de un éxito que no merecen, critican las formas y maneras del que triunfa, con naderías propias del que lo más redondo que ha visto es una palangana. Pontifican sobre “el estilo Jiménez” con una arrogancia propia de un tragapán venido a maitré.
La fortuna de los sevillistas, de la mayoría de los sevillistas, es que esta turba ignorante no tiene acceso a esferas de responsabilidad en el club. El éxito de este Sevilla puede medirse por la distancia sideral que, afortunadamente, separa a tanto impertinente de los centros de decisión de un Sevilla responsable. Aquellos periodistas capitalinos tuvieron que esperar a que cicatrizara la sangre del asturiano para retomar una campaña sin precedentes en el periodismo deportivo. Estos gárrulos del antijimenismo se conducen con menos disimulo. No ha hecho falta que comience a rodar en serio el balón. Nunca se fueron, están al acecho. Evítelos.
Pablo F. Enríquez



