por José Enrique Vidal | 1 Julio 2009
Uno de los más patéticos discursos de la demagogia verdiblanca, vomitado hasta la saciedad desde tiempos inmemoriales por toda criaturita que se precie, con tan serio argumento justificativo como ese pueril e impagable “esto me lo contaba mi abuelo desde que yo era shiquetito“, es que el Sevilla es el equipo de los ricos y el Betis el equipo de los pobres.
Parece mentira que en estos tiempos de globalización, todavía algunos se empeñen en vendernos la moto de una Sevilla dual que no existe.
Hemos llegado a un punto de homogeneización en el tejido social de nuestro entorno, que difícilmente puede hablarse de cotos cerrados y castas excluyentes, al menos en la concepción histórica de la división de clases, al margen de los efectos del capitalismo.
No digo que no existan diferencias sociales, claro que las hay, estaría ciego si no lo viera, más ahora cuando la crisis económica agudiza las distancias, pero hace tan sólo unos años, muy pocos, por poner un ejemplo, un albañil, con todos mis respetos, y olé sus huevos, podía permitirse veranear en Marbella, cuando tiempo atrás eso era algo impensable.
Los clubes de fútbol, las sociedades de foot-ball, como se decía antiguamente, son auténticos microcosmos que permiten comprobar hasta qué punto todas las clases sociales, personas de cualquier estrato o condición, se integran pacíficamente en una masa social que está lejos, pero que muy lejos, de los estereotipos más rancios en los que algunos siguen escudándose, o mejor dicho, excusándose, para hacer tragadero su sino.
El Sevilla es el equipo rico y el Betis, el pobre.
La frase da que pensar.
Pocas oraciones encierran en tan cortas palabras mayor falsedad, aunque bien mirado, quizá podamos reciclarla, buscándole el sentido correcto al mensaje.
Nuestro Sevilla es el equipo rico, efectivamente, señores.
Es rico en historia, en orgullo, en sacrificio.
Es rico en coraje y en señorío.
Es rico en títulos y en afición, en ilusiones y en gloria deportiva.
Los pobres siguen siendo los mismos.
Y lo que les queda.
José Enrique Vidal


