por Ernesto López de Rueda | 29 Junio 2009
Hemos asistido hace días al primer acto de la entrega de “dorsales de leyenda” con la que nuestro Sevilla homenajea a los jugadores que a lo largo de una historia más que centenaria han llevado al club a lo más alto tanto en el campo deportivo como en el del honor o de la propia vivencia y sentimiento sevillista. Juan Arza, Juanito Arza, “el niño de oro”, el navarro, ha sido el primero de los homenajeados como no podía ser de otra forma.Me resulta muy complicado escribir de Juan Arza sin que se me nublen los ojos. Yo, en mi “juventud cuarentaiñera” lo recuerdo en mis tiempos juveniles cuando cursaba precisamente en Navarra, en Pamplona, mis estudios universitarios en la segunda mitad de los 80 y allá que llegaba el Sevilla al hotel Ciudad de Pamplona, en la calle Iturrama, y allá que nos recibía Juan a los estudiantes sevillistas en el exilio para entregarnos entradas gratuitas para el partido en el que montábamos nuestra feria particular adornando nuestro trocito de grada con farollillos y cantábamos y aplaudíamos al son de tambores rocieros apañados en la Casa de Andalucía, cercana al estadio del Sadar.
Y si eso conocí de Juan Arza en lo personal desde aquel entonces, siempre campechano y repleto de bonhomía, qué no he conocido a través de los relatos de mi padre y de aquel Sevilla de los años 50, tan glorioso como éste que retumba año tras año en Europa y en España.
Cuando se habla del señoría sevillista hay que mirar a iniciativas como ésta, una de las muchísimas que el club pone en práctica a lo largo del año. Si “dorsales de leyenda” como el “8″ que se llevó entre lágrimas ese sevillano de corazón navarro son los que lucieron con distintos números los héroes de nuestra historia, de leyendas, de esas mismas, se viste el Sevilla.
Un club nacido para pelear y hacerse hueco en los sitios en los que nunca le regalaron nada, contra viento y marea y que supo enarbolar con orgullo el pendón de esta ciudad que lo vio nacer para regalarle orgullo y gloria a partes iguales, a espuertas. Si de corazas se revistieron los viejos tercios españoles en Europa, de leyendas como Juan y tantos otros que lo sucederán en el podio de los homenajes se ha vestido el Sevilla para cumplir el sino con el que nació, el de buscar la gloria con la que homenajear a su tierra y a los suyos.
Siempre, a lo largo de más de cien años, ha tenido el Sevilla una leyenda en forma de jugador a la que aferrarse para perseguir la gloria o para lucir el orgullo de quienes no se rinden. A veces ocurrió que se juntaron varios a la vez y pasó lo que había de pasar en Madrid o en Barcelona o décadas después en Madrid de nuevo, en Mónaco, en Eindhoven o en Glasgow. Los habrá que las tengan en mayor número como es ley de vida, pero pocos clubes en España pueden presumir de tener en su legendaria nómina de fabricantes de sueños a tantos jugadores como el Sevilla puede mostrar en esa lista de “dorsales de leyenda” que han servido para vestir al club con sus mejores galas siempre. “Dorsales de leyenda” son los sastres que han vestido la gloria y el orgullo del Sevilla con los trajes más perfectos.
Ernesto López de Rueda





