por J. Félix Machuca | 26 Junio 2009

En las carteras de los sevillistas que siguen al equipo desde el tercer anillo hay guardadas y plastificadas bellísimas fotografías de estos dos campeones. Fotografías de agilísimos escorzos futboleros. Fotografías que nuestros padres, ay, alguna vez nos enseñaron, cuando éramos tan niños que no distinguíamos muy bien entre las hazañas del Capitán Trueno y las de Juanito Arza y Busto. Arza y Busto. Ese el regalo con el que la vida nos premia para traer a tiempo presente aquellos comentarios del siglo pasado, cuando en casa, papá y mamá, recién regresados de Nervión, le ponían un poquito de color local a los domingos más grises que mi infancia recuerda.
Alrededor de una vieja radio Telefunken, que daba las noticias de un carrusel en blanco y negro, siempre ardía en la conversación el prendido elogio de admiración que los héroes provocan en la memoria de los incondicionales. Yo no vi nunca jugar a Juan Arza ni a Busto. Pero como si les hubiera visto todos los partidos. Y hasta los entrenamientos. Ya se encargaron de contármelo en mi casa como me contaron las arriadas de Triana o la llegada de las Misiones a Sevilla. Porque estos dos hombres hicieron historia. Y sus logros deportivos lograron hacer felices a muchos sevillanos. Entre ellos a mis padres que tanto tiempo después seguían recordándomelo.
Por eso, al verlos ahí, a los dos ases, a los dos campeones, a Arza y a Busto, el corazón se me vuelve del revés, la garganta se me seca y me sale de lo más dentro una incontrolable emoción que me permite escuchar las voces de mis mayores cuando hablaban de estos dos hombres como si fueran héroes de la historia sagrada. ¿O acaso no lo son de la historia más sagrada del sevillismo? Al verlos ahí juntos, en esa fotografía, solo se me ocurre gritarles lo que grita el Pizjuán cuando siente más que nadie: Se-vi-lla agggggggggggggg….
J. Félix Machuca



