por José Manuel Ariza | 22 Junio 2009
Nunca antes un lema tuvo mayor repercusión entre los ciudadanos que practican deportes y nunca antes, tampoco, los niveles de cultura han progresado de manera tan visible.En éste país y durante muchísimas décadas -bastantes más de las deseadas-, si no nacías en el seno de una familia muy pudiente, tu destino se fraguaba en el Ejército, la Iglesia o el Funcionariado. En los tres casos y salvo catástrofe mayor, tenías asegurada una vida aceptable para el resto de tus días, incluida la jubilación. Casi todo lo demás era supervivencia.
Había, también, otras alternativas: los toros y el fútbol.
Destacar en los toros necesitaba de unas dosis de valor especiales y pocos eran los que arriesgaban el pellejo hasta ése punto. Conocemos casos -El Cordobés, por ejemplo- producto de la desesperación social, que logra llegar a lo más alto a costa de dejarse la piel frente a los morlacos. Pero son contados.
En el fútbol, por el contrario, las posibilidades se ampliaban ya que si bien es cierto que necesitas poseer unas condiciones físicas especiales, también lo es que las probabilidades de vivir de éste deporte eran mucho mayores.
Existe un número muy limitado de toreros y por el contrario, son cientos los jugadores que se dedican profesionalmente a pegarle al balón. Familias que se construyen en torno al trabajo del padre en los campos de toda España.
No es que sea una panacea, pero con aptitudes medias o altas -sin llegar a las excepcionales de los de la élite, de los que amasan buenas fortunas-, puedes trabajar una década y proyectarte en otros negocios cuando el físico ya no te responda.
Lo más llamativo de todo el desarrollo del fútbol en estos años, para mí, ha sido el nivel cultural de los participantes. Desde siempre, entrevistar a un jugador se me hacía un ejercicio de buena voluntad porque la mayoría, la inmensa mayoría, eran personas con grandes carencias educativas y deficientes niveles de comunicación.
“Sacarles” algo más que unas pocas frases estereotipadas y unas coletillas sobre el partido se tornaba, para los periodistas, en tarea ardua y complicada. Pero ellos eran tan víctimas del sistema como cualquier otro y el estrellato no lograba aliviar ésa escasez.
Luego vinieron los años en que nos mostraban a jugadores que aprovechaban las horas de “concentración” para estudiar “carreras”. Y los que ya venían con ellas, invariablemente y la mayoría de fuera, conseguían pronto una recolocación adecuada en algún medio de información, apartado deportivo. Algunos escribían y escriben libros.
Sin embargo, hoy todo es diferente. Hoy, en cualquier equipo y en cualquier campo, se asaltan a los jugadores al final de encuentro -micrófono en ristre- y arman buenos discursos, con coherencia y acervo lingüístico. Dominan los conceptos, los desarrollan y muestran un buen nivel terminológico. Ya es posible entender fácilmente lo que tratan de trasladarnos sin necesidad de concederles nada.
Se expresan correctamente y eso debe ser fruto de los niveles generales de educación social. Como en todos los demás aspectos, aún necesitamos andar mucho trecho, pero es notable la diferencia entre aquellos héroes en calzón corto del blanco y negro y nuestros chavales de ahora.
Y salvo que nos metan el “pues la verdad es que sí” varias veces en dos frases, todo lo demás es, incluso, agradable de escuchar.
José Manuel Ariza



