por Carlos Romero | 16 Junio 2009
Como si de un cristo se tratase, ha sido expuesto al pueblo. El venerado, el salvador, el mesías, el prohombre, el beatificado y santificado. El más amado por todos de entre los elegidos ha sido señalado con el dedo acusador por la multitud vociferante.El que más quisiéramos tener los sevillistas tiempos ha, en boca de sus seguidores, aquellos que adoraron en forma de becerro de oro materializado en busto de bronce hierático, al que solo faltó sacar en procesión. Aquel que a través de sus apóstoles -en su verditud- hablaba de “lociento” como si de una parábola “modus vivendi” de la divinidad se tratase, envueltos entre “sábanas pintarrajeadas” y rodeados de “copas del centenario” para escarnio de la rojitud.
El cristo va a ser crucificado por todos sus seguidores y el culpable, como si de un pecado original imborrable se tratase, es del club que pasea el nombre de la ciudad, y el de todos sus habitantes sin excepción, por toda Europa.
Habría que bucear en los cien años, (que se cumplieron en septiembre del año pasado), de leyendas urbanas de los seguidores del club de la Palmera y buscar ciertas causas antropológicas, para darnos cuenta del paradigma. El sevillismo opresor, de los señoritos que renegaban de obreros en su equipo, el sevillismo que goleaba a equipos de niños y que suspendía la línea de los tranvías a Heliópolis, para que la afición verdiblanca no pudiese acudir a ver a su equipo. El sevillismo que prestaba a sus jugadores a aquellos equipos de la tercera división, para hundir aún más al club coronado por su majestad que pasaba por allí. Al sevillismo fascista que con inquina lanzó bombas que rebotaban milagrosamente en farolas y explotaban en secretarías republicano-béticas…
El tiempo demostró afortunadamente con pruebas fidedignas y con una investigación rigurosa, que ni los componentes del Sevilla FC fueron ideológicamente “señoritos”, ni cortaron tranvías, ni prestó jugadores. También se demostró que fue el primer equipo de esta ciudad en tener obreros en sus alineaciones y que los militares fascistas no estaban precisamente en las filas del sevillismo, sino todo lo contrario. Todo esto no han dejado de ser simples leyendas urbanas que muchos siguen creyéndose y repitiendo como loros.
Pero, insisto, el sevillismo sí tiene la culpa de la “crucifixión” del beato cuasi canonizado por su afición. El Sevilla FC debe ser condenado por ser causa directa de una manifestación de 35.000 béticos, (siendo muy benevolentes), de entre un millón de aficionados según el ínclito político Emilio Carrillo, aquel que gobernó estupendamente para un signo futbolístico de la ciudad: el suyo.
El Sevilla FC es el culpable desde el día 10 de mayo de 2006 cuando conquista para gloria de esta ciudad un título europeo. Ese día es el marcado como el de la culpabilidad del Sevilla FC que no acabará hasta nuestros días, tres años después, y que por tercera vez, se ha clasificado para participar en la máxima competición europea.
17 Copas de Andalucía, 4 del Campeonato de España, 1 liga, 3 títulos europeos y dos galardones como mejor equipo del mundo, certifican esa culpabilidad.
Nunca hubo una manifestación del equipo de la Palmera por bajar a Segunda División, (y van diez), aún con el mesías dirigiendo la nave. Tan solo las grandes distancias, (aún mayores cuanto más pasa el tiempo), entre un club y otro lo han posibilitado y el beticismo necesitaba salir a la calle urgentemente, aunque solo fuese para manifestarse por lo que fuese, tras ver a sus vecinos una y otra vez, sin fin, pasear trofeos insondables para ellos.
En primera línea y justo tras la pancarta de cabeza han estado aquellos que promocionaron, pidieron firmas y aportaron económicamente para la realización del busto que casi elevaba a los altares al personaje. Los que rieron y aplaudieron a su mesías salvador hasta el éxtasis cuando arremetía con odio contra el sevillismo. Aquellos que protagonizaron ridículas y esperpénticas campañas de abonados junto a frikis reconocidos y que hoy tienen que ir a “la isla de los mosquitos por falta de desenvorvimiento”. Los resentidos que no consiguieron que donmanué los eligiese para cantar el himno del centenario y los que premiaron con fervor religioso al que consideraban mejor presidente de la historia bética besándole la mano, como si de un capo mafioso italiano se tratase. Detrás, la misma multitud que cantaba el “hola, hola donmanué” y hoy gritan aquello de “Lopera vete ya”. Que no se nos olvide esto.
Pero el Sevilla FC, a día de hoy, se refleja en el espejo de los mejores de Europa. Otros deben seguir aspirando, eternamente diría yo, para poder alcanzarnos esperando a otra divinidad salvadora. Solo así es posible que Sevilla enarbole los colores propios, los colores blanquirojos.
El cristo que les salvó en el 92 ha sido expuesto al pueblo y ha sido señalado por los traidores. El Calvario le espera para la crucifixión. Consumatum est.
Carlos Romero


