por José Enrique Vidal | 8 Junio 2009
La jugada, señores, se ve venir desde lejos. Llevan convenientemente preparando el camino hace unos meses, con todo tipo de personajillos pululando entorno a una idea, la de la catarsis, ahora o nunca, aprovechando la enésima -y nada sorprendente, por ello- caída a las galeras de esa entidad que justifica su existencia, desde su mismo origen, por los siglos de los siglos amén, en combatir e intentar -sin conseguirlo, por supuesto- emular al más grande entre los grandes, que para colmo lo tienen al lado, vistiendo traje de etiqueta, y afinando melodías de Haendel para los conciertos del próximo otoño. Esto sí que es llevar una crucecita a cuestas, y no la reinventada por Rafael de León para su copla de María de la O.
Hablan de secuestro, y no lo hacen por casualidad. Les gusta propagar una versión apocalíptica de lo que simplemente es el devenir natural de una sociedad anónima deportiva, eso sí, mal dirigida, con clientes apáticos e inocua censura social. Se veía venir, comulgamos todos. Claro que ellos son algo más, se creen por encima de lo divino y de lo humano, están en otra dimensión y nosotros, los sevillistas, pobrecitos, no lo comprendemos. Les atrae especialmente la utilización de ese término, secuestro, con indudables connotaciones de ílicitud, para sembrar conciencia social, más allá de sus propias filas, de que es necesaria una intervención, si no divina, sí pública, ya que ellos, como tantas otras veces a lo largo de su historia, que ahí está para quienes la prefieran al mito o la fábula, son incapaces de solucionar sus propios entuertos dentro de su casa y con sus propios medios. Determinado señor, denuncian ahora, tiene secuestrado al club, vamos que se lo han arrebatado en contra de su voluntad, como si el que señalan con el dedo como el malo de la película hubiera aparecido espontáneamente, con nocturnidad y alevosía, la noche del 30 de junio de 1992, para apoderarse de la entidad. Vaya, ya no nos acordamos de que a ese individuo, sí, al tal Ruiz, alias Don Manué, lo trajeron a la junta directiva de la monárquica sociedad los dirigentes de entonces, los que ahora están en la oposición, esos que con sus propias manos le colgaron la túnica del sanedrín palmeriano y le mulleron el trono, sentándolo a su lado, para que salvase a la entidad, atraídos por el dinero, maldito parné, que le salía a espuertas por las orejas. Secuestro, dicen, como si el tal Ruiz no hubiera sido idolatrado por sus correligionarios, como un nuevo jomeini, hasta hace bien poquito. Hace falta tenerla de cemento armado para decir que todo esto ha sido al margen de su voluntad, que ellos nunca lo han querido. ¿La voluntad de quién? Al monstruo le dejaron entrar en la casa abriéndole de par en par las puertas, se lo entregaron todo, campo, escudo, y sobre todo, deudas, en un paquete bien embalado y con lazo, lo han jaleado hasta la saciedad, se le han reído las gracias, los insultos, las insolencias, los desprecios, las patrañas, la mala educación, pero a partir de cierta noche, concretamente la del 10 de mayo de 2006, de forma inexplicable, que le pregunten a Iker Jiménez, el tal Ruiz, dejó de tener arte, ya no era “Don Manué en estado puro”.
Les decía que la jugada se ve venir, y es la más hipócrita de las posibles. Una estrategia vieja, rancia, que hunde sus raíces en la manipulación de la realidad, la tergiversación de los hechos, la lectura interesada de los mismos, difícil empresa en la que nuestros vecinos son auténticos especialistas, basta mirar atrás para comprobarlo. “Repite una mentira cien veces, y parecerá verdad“. Han empezado con la deslegitimación del poder de su dueño, por vía popular, pues la jurídica no ha funcionado, al menos de momento, utilizando los medios de comunicación afines, que necesitan comer de su público (entre ellos, la vergonzante televisión municipal), con un incesante goteo de imágenes infantiles de rabia, como si fueran los únicos que lloran y sufren en este mundo, y de seguro promoverán la urgente actuación de los poderes públicos, no ya para atosigar a su víctima, sino para ir más allá, para despojarle de su feudo. Plantearán la necesidad de que Ruiz, Don Manué, deje de ser propietario de la entidad, que en ello hay poco menos que un interés público, el bien común de toda la ciudadanía, que hasta los propios sevillistas están de acuerdo. Que la Junta de Griñán haga lo necesario, que el Ayuntamiento es seguro que va a hacerlo, ya sabemos cómo se las gasta el alcalde que padecemos, incluso se han inventado que el Rey no duerme por las noches desde que han bajado a segunda. “Pues prueba con una tilita, miarma“. Dirán que en su manifestación hay el triple de asistentes que en aquella otra que pretenden emular, si no al tiempo, que para eso han diseñado un mini-itinerario bien recogidito por dos calles y media del centro, donde no puedan contarse bien los participantes, igualito que los palanganas por Eduardo Dato, como si el problema fuese el mismo, como si el recorrido fuese igual, como si se hubiese gestado el asunto con similar antelación, como si reunir congregantes en el mes de junio, con colegios, universidades y trabajos en su punto más álgido, fuese lo mismo que en aquel agosto de 1995. Lo de siempre, oiga, ese inconfundible “y yo más“.
El objetivo no es otro que la expropiación, sensu lato, de las acciones del magnate verdiblanco, para qué, para entregárselas gratis a las criaturitas, un regalito más, por dos perras gordas si acaso, y esto sí que es legal, lícito, legítimo, justificado. La legislación mercantil nos la pasamos por el forro. Que Ruiz adquiriese la mayoría del capital en el verano del 92 entre el beneplácito de muchos y la dejadez de otros, no vale. Que se haya mantenido al frente del barco sin apenas zozobras, tampoco. Ni que haya gozado de la connivencia cobarde de los políticos y de la prensa de esta ciudad. Queremos una nueva discriminación positiva, nuevos privilegios, como con el estadio municipal, como con la ciudad deportiva, como con los terrenos anexos a su anfiteatro, así, tan agusto, es lo menos que se merecen la inmensa mayoría de sus verdes seguidores, no ya de Sevilla o de España, del planeta, la galaxia y el universo infinitesimal, que para eso tuvieron su propio día mundial contra el Palamós. Pues yo digo, no con mi dinero, no con mis impuestos, no con el sudor de mi frente. Los mismos que hoy piden árnica ya sabéis lo que hicieron sobre la roja bandera centenaria. Que se busquen la vida solitos como nosotros hicimos para echar a los caldas, escobares, juanespalmas y antenatreses, es la única forma de madurar que conozco. Ya está bien de subvencionarles la existencia, como si fueran una oenegé. Así que, puestos a protestar, yo también me manifiesto, señores, aquí y ahora, antes de que se consume el esperpento: no cuenten conmigo, no seré de los condescendientes ni de los olvidadizos. La vida da muchos tumbos, y cuando vuelvan a mofarse de mí, de nosotros, de nuestro sentimiento o de nuestros símbolos, ojalá que dentro de muchísimo tiempo, no quiero mirar atrás, sintiéndome cómplice. Nunca me lo perdonaría.
José Enrique Vidal


