Capital humano

por Carlos Lanzarán | 8 Junio 2009

Anda el patio revuelto con no sé qué manifestación, en contra de no sé qué reyezuelo de apellido impostado, henchido de aires de grandeza. He oído, o eso creo, que la dichosa manifestación acaba en cierta plaza sevillana presidida por la estatua ecuestre del rey santo, el mismo que ocupa lugar privilegiado en nuestro escudo.

La misma plaza, ¡cuan frágil es la memoria!, en la que el reyezuelo de marras vociferaba aquello de: “Ésta es la copa del centenario” o algo así. ¿Cómo habrá lamentado esas palabras este rancio y anacrónico personaje?.

Dudan ustedes, siquiera por un momento, que aquéllos que acudirán a la susodicha manifestación son los mismos que en otro tiempo jalearon al vociferador. Yo no lo dudo ni por un instante. Y que son los mismos que durante años le han reído las “gracietas” y los chascarrillos chuscos, además de celebrar sobremanera todo tipo de insultos y exabruptos escupidos contra nuestro club y sus representantes. Y todo ello con la connivencia en unos casos, el sospechoso silencio en otros, e incluso la alabanza, del 99,9% de los periodistas de esta bendita ciudad nuestra llamada Sevilla. Sálvese el que pueda, que algunos podrán.

Pero me estoy yendo por las ramas, y no quiero hablar de este siniestro personaje, ni del club del que es dueño. Ni me ocupa, ni me preocupa. Lo que ocurre es que al oír hablar estos días de esta manifestación ha sido inevitable que me viniera a la cabeza LA MANIFESTACIÓN.

El 1 de agosto de 1995 el sevillismo amaneció con la noticia del descenso a 2ªB. La primera reacción fue de incredulidad, posteriormente estupor, para más tarde pasar a la rabia y acabar con una desesperante sensación de impotencia.

Durante todo el día esperé, infructuosamente, por parte del presidente, una reacción, una explicación, algo… Pero desgraciadamente nada de esto se produjo. A última hora del día tan sólo anhelaba una palabra de ánimo, de esperanza, aunque sólo fuera una mentira piadosa. Pero desgraciadamente nada de esto se produjo.

Fue en estas circunstancias cuando el sevillismo cogió el toro por los cuernos y se echó a la calle. El 2 de agosto de 1995 el sevillismo masiva y espontáneamente se tiro a la calle clamando por una injusticia.

Digo masivamente porque la autoridad gubernativa reconoció encontrarse ante la mayor manifestación celebrada en nuestra ciudad desde la que se organizó el 4 de diciembre de 1979 con motivo de la autonomía.

Y digo espontáneamente porque surgió de la concentración de sevillistas alrededor del Sánchez-Pizjuán, que iban llegando desesperadamente en busca de alguna respuesta. Espontáneamente sí. Sin quince días por delante para organizarla. Sin toda suerte de medios de comunicación que la publicitara. Sin internet. Sin tiempo.
Pero con el escudo por corazón. A pecho descubierto. Dando siempre la cara, aun a riesgo de que te la partan.

Luchando como lo hizo David, ante un Goliat al que ni siquiera conocíamos.

Así fue como el sevillismo de base asumió su responsabilidad, la que le correspondía en ese momento, siendo la principal baza en la solución del problema. Que nadie lo dude, la manifestación fue la clave.

Eso es CAPITAL HUMANO.

Casi dos años después, nuestro club estaba inmerso en una crisis institucional sin precedentes, que alcanzaba cotas difícilmente soportables. La gestión de González de Caldas, nos llevó al desastre económico, a ser el hazmerreír de España y a la 2ª división.

Entonces fue cuando José Mª del Nido, encabezando un grupo de sevillistas, en aquella famosa junta general extraordinaria, celebrada en el World Trade Center el 15 de mayo de 1997, dio un golpe de mano que cambiaría radicalmente el devenir de nuestro club. Del Nido se sacó de la chistera un precioso conejo blanco en un acto de predistigitación suprema.

Eso es CAPITAL HUMANO.

El 1 de agosto del 95 ó el 15 de mayo del 97. El auténtico sevillismo de base, o los sevillistas que estaban llamados a dirigir los designios del club. Tanto monta, monta tanto. En ambos casos CAPITAL HUMANO. El que hemos tenido, el que tenemos y el que tendremos siempre. Porque el sevillismo es distinto y, me atrevería a decir, aglutina a lo mejor de nuestra ciudad.

Así son las cosas.

Carlos Lanzarán

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