por Jesús Rodríguez | 28 Mayo 2009

Cuando éste que os escribe era pequeño acudía al Ramón Sánchez Pizjuán de la mano de su padre. Era el único momento padre-hijo de la semana. Y de camino, cruzábamos la vía del tren, cosa que ocultábamos a mi madre que lo consideraba peligroso. Y no le faltaba razón.
Pero al llegar al estadio, yo me tenía que sentar en una fila más arriba que mi padre porque los menores no teníamos asiento. Lo que recuerdo de aquellos años se reduce a 3 cosas: las botas de vino que los aficionados degustaban con fruición, el impresionante habano que se fumaba el señor de mi derecha en cada partido y los goles de Anton Polster y ‘Bam Bam’ Zamorano.
Escuché una vez a uno de los señores que se sentaban a mi alrededor comparar al cañonero austriaco con Juan Arza. Saliendo del estadio pregunté a mi padre: Papá, ¿Quién es Juan Arza? Y pese a que él no lo había visto nunca jugar me narró, como hizo su padre en su momento, las excelencias de un navarro excepcional que hizo grande, muy grande a nuestro Sevilla FC. Y aquella historia nos ocupó todo el camino de regreso a casa…
Hoy, el punto de vista ha cambiado. Sé que llegará un día en que sea mi hijo quien me pregunte. Pero sé a ciencia cierta que no me preguntará por Arza. Me preguntará por aquel que marcó goles en todas las finales, por el de los controles imposibles, por el de la tranquilidad ante el portero, por el goleador imposible. Y yo tendré que narrarle la historia de Frederic Omar Kanouté.
Le contaré que Freddy nació en las cercanías de Lyon pero que jugaba para Mali. Le diré que su metro “noventaitantos” le hacían parecer torpe pero que es el mejor futbolista que he visto con el balón en los pies y con la camiseta de nuestro equipo puesta. Que cuando fichó por el Sevilla con 28 años todo el mundo decía que era caro y viejo y que todo el mundo se equivocó. Y lloraré recordando aquel remate de Eindhoven, aquel toque sutil con la coronilla en Mónaco, aquel golpeo en Glasgow, aquella galopada en Madrid y su hat-trick en la Supercopa de España.
Posiblemente le preguntaré si sabe dónde está Mali y le explicaré cómo aquel mismo hombre y su infinita bondad hacían posibles tantos proyectos allí donde más se necesita. Y así, a lo mejor mi hijo podrá explicarle al suyo quién fue Kanouté y lo que hizo por el Sevilla FC. Porque la historia seguirá, unos se irán y otros permanecerán, saldrán más chicos de la Carretera de Utrera o llegados de un lejano rincón del mundo, cada uno con su historia. Pero seguro que ninguno de ellos podrá generar la admiración unánime de toda una afición (y podría asegurar que incluso de un país) como la ha generado Frederic Omar Kanouté.
El punto de vista cambia, pero la sombra de los grandes jugadores es alargada como la de los cipreses, así que imaginen cómo de alargada será la sombra de este ‘gigante’ cuando pasen los años y nuestros nietos recuerden a aquel que marcaba siempre en las finales.
Jesús Rodríguez



