por Agustín Embuena | 25 Mayo 2009
Tenía y tiene toda la razón nuestro presidente y lo trae muy bien a su columna, mi amigo y tocayo Agustín Rodriguez.
Pensar que nuestro equipo fuese ejemplo de pundonor, ganas y saber estar en un terreno de juego, no era difícil para nadie que se molestará en revisar la historia del club, pero mantener eso y además dar espectáculo. Eso es otro cantar.
Y hemos cantado y a voz en grito, en España y en Europa. Ahí radica a mi juicio el aparente des encuadre de lo que debería ser un “peazo de cartel” promocional de un club y una afición, grandes y ricas en saberes y sentimientos.
Este año, se han logrado objetivos, pero al igual que las colombianas y otros sones de acento caribeño, han sido en ocasiones tonadas de ida y vuelta. Irregulares altibajos que en muchas ocasiones nos han hecho sentir desesperanza y en otras nos han llevado a pedir la hora, sin olvidar es cierto, ocasionales reposiciones de recientes glorias.
No voy a ser yo, ni sé lo bastante de fútbol ni está en mi ánimo, el que le busque las vueltas al actual entrenador. Solo digo, desde mis cortas luces, que he asistido a cambios, planteamientos y rotaciones que no entenderé nunca. Que como jugador número doce en el Sánchez Pizjúan, este año he sido asombrado testigo de partidos que más recordaban a los campos del Don Bosco que a encuentros jugados por el tercer clasificado de la liga de fútbol.
Y por escribir esto, no creo que sea menos sevillista, que otros que pensando lo mismo prefieran callar.
Por supuesto que hemos perdido jugadores muy valiosos, que las comparaciones son odiosas y que nuestros vecinos de la palmera, están disfrutando con aparente sorpresa, de que a pesar de cómo estamos nos quejemos como nos quejamos.
Pero es que precisamente ahí, es donde los sevillistas, al menos eso creo, marcamos la diferencia. Sevillistas ¡sí! ¡Hasta la muerte! Pero con criterio, con capacidad de decir lo que nos gusta o no, sin que por eso se nos tilde de derrotistas o se critique nuestro amor a los colores rojo y blanco, que visten esa leyenda de la que hablan las lenguas antiguas.
El sábado, muchos como yo, vivieron con desasosiego bastantes de los minutos de nuestro enfrentamiento al Deportivo. Quiso el hado del balón, premiar a Perotti y otra vez a la par que equilibramos nuestra angustia entre vítores y gritos de ánimo al equipo, supimos ganar. Abrazos, cánticos. Lágrimas y pirotecnia. Multicolor espectáculo de fuego y artificio.
Pero concluida la liga en la bombonera. Si bien debemos recordar los cohetes, no debemos olvidar los petardos.
Agustín Embuena



