Europa como costumbre

por Spencer | 21 Mayo 2009

Manolo Cardo, sevillismo de muchos quilates, había obrado previamente el milagro con un equipo con rotundo sabor canterano, en el que el estandarte del laboratorio de la carretera de Utrera se llamaba Francisco, López por su padre y Alfaro por su madre, un chaval de exquisito del fútbol nacido en Osuna que formó irrepetible pareja en el centro del campo junto a un genio brasileño llamado Carlos Alberto Gomes Monteiro, Pintinho en las alineaciones. Ese milagro coriano, con c de casta y coraje, consistió, y no fue poco, en rescatar al equipo de los fondos de la tabla, tras arrancar con un espectacular 1-4 en La Romareda zaragozana el día 13 de diciembre de 1981, hasta dejarlo clasificado en vísperas de la Feria de Abril de tal suerte que una conquista europea por parte del Barcelona, entrenado por el alemán Udo Lattek, le serviría en bandeja de plata una plaza para disputar la Copa de la UEFA. El 12 de mayo de 1982 se brindó con cava en la sevillanísima secretaría de la calle Harinas: doce años después, el Sevilla, con Eugenio Montes Cabeza en la presidencia, volvía a las competiciones continentales e inscribía su nombre por primera vez en la Copa de la UEFA, torneo que andando el tiempo reportaría las mayores y mejores satisfacciones, tras alzarse el Barcelona campeón de la Recopa de Europa frente al Standard de Lieja, en partido disputado en el Camp Nou que sirvió como ensayo general con vistas a la inauguración oficial del Mundial 82 un mes después, precisamente en este estadio.En el verano de 1983, Montes Cabeza, aquel grandísimo caballero que diez años antes había asumido el gobierno del club en un tiempo dificilísimo con el equipo en Segunda, ni un duro en las arcas, más bien todo lo contrario, y un estadio sangrando moho por sus estructuras inconclusas, se hallaba especialmente satisfecho. El Sevilla, por primera vez en su historia y de la mano de Manolo Cardo, se había clasificado por segunda temporada consecutiva para competición europea, otra vez la Copa de la UEFA, en la que en la campaña anterior se habían alcanzado los octavos de final, logro más que satisfactorio y todo un hito en el fútbol andaluz. Además, las cuentas de la temporada habían arrojado un importante superávit, producto de los ingresos por los partidos continentales y los derechos por cesión del estadio al Mundial 82.

Hasta entonces, años 1982 y 1983, el Sevilla tan sólo se había paseado por Europa en otras cuatro ocasiones: temporada 1957-58, Copa de Europa, tras quedar subcampeón de Liga; 1962-63, Recopa de Europa, luego de alcanzar el subcampeonato en la Copa del Generalísimo, y 1966-67 y 1970-71, Copa de Ciudades en Feria. A partir de entonces, y hasta final del siglo XX, sólo otras dos participaciones en la Copa de la UEFA, en las temporadas 1990-91 y 1995-96. La trayectoria fue desigual, pero no importaba: participar ya representaba todo un triunfo y festejado de antemano. El ayer.

Hoy, siglo XXI, todo ha cambiado. El tempo en un club de modernas estructuras es ejemplo mundial de adelantamiento en el tiempo. Para orgullo y satisfacción legítimos del sevillismo, no hay que esperar doce años para volver a disfrutar de una clasificación europea, por cuanto en esta temporada que vivimos se ha conseguido ya -la Copa de la UEFA está asegurada- el sexto pasaporte continental consecutivo, logro sin precedentes en el balompié andaluz, en un período histórico en el que tan sólo los dos colosos del fútbol español, Real Madrid y Barcelona, de presupuestos estratosféricos y chequera siempre dispuesta, obtuvieron también pase europeo. Pero ya no hay que darse sólo por satisfechos -signo del nuevo tiempo sevillista- con lograr la clasificación: tres títulos continentales brillan en la sala de trofeos del estadio Ramón Sánchez-Pizjuán, todo un sueño inalcanzable hasta hace unos años. Hoy, el Sevilla del presidente José María del Nido Benavente -cuentas saneadísimas y muchos millones de euros en el banco- es un grande en Europa respetado y admirado como institución. Un club que busca su definitiva consolidación con una nueva clasificación para la Liga de Campeones, antigua Copa de Europa, cuyos dineros representan aval solidísimo para el asentamiento firme y continuo entre los más grandes. Por eso, el sevillismo no puede fallar este sábado en Nervión frente al Deportivo de la Coruña. El pase directo a la Liga de Campeones está a una victoria, tres puntos, del equipo que entrena un grandísimo sevillista, Manolo Jiménez, a quien tantos, terca y obstinadamente, no reconocen mérito alguno, y sin embargo ahí están los incontestables números, y con quien se han cebado cobardemente con insólita, injusta e incomprensible saña desde que asumió la responsabilidad de conducir a la primera plantilla en octubre de 2007.

El Sevilla se halla en los umbrales, sólo en los umbrales, de esta nueva dimensión tan exitosa que arrancó con el nuevo siglo y en la que Europa, la mejor Europa futbolera, lejos de los provincianismos que no benefician, se ha convertido en una costumbre, una feliz y gozosa costumbre.

Spencer

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