Jiménez, la planificación y el juego del equipo

por José Enrique Vidal | 18 Mayo 2009

Prefiero escribir estas líneas ahora, cuando la temporada todavía no ha acabado, y antes de que el viento de los resultados, esperemos que positivos, lo borre todo, actuando a modo de analgésico de eficacia retroactiva que mitigue las sensaciones que el juego del equipo nos ha dejado a lo largo este curso, próximo ya a fenecer.Las posiciones dialécticas, que ya empiezan a oírse, anulatorias de todo balance crítico en caso de que el equipo, Dios así lo quiera, termine clasificado en la tercera plaza liguera, creo que hacen un flaco favor a la causa. El análisis es necesario en todo caso, y la mejora contínua se antoja como ese bien común que debe ser siempre nuestra aspiración.

No es mi intención, lo digo sinceramente, censurar el trabajo de los profesionales del área deportiva de nuestro club, en los que, con carácter general, confío plenamente, y que me merecen, como ya he dicho antes en este mismo blog, todos los respetos, sino hacer una reflexión constructiva, tratando modestamente de aportar mi visión, la de un aficionado de cuarenta años con otros tantos partidos vistos por temporada, sobre el origen de los males del juego del equipo para, si fuera posible, corregirlo de raíz de cara al próximo ejercicio.

Desde hace ya algún tiempo se oye por los mentideros sevillistas eso de que el equipo de Jiménez “no juega bien” o que “no se sabe a qué juega”. Generalmente, el aficionado al fútbol desconoce a ciencia cierta las causas de su diagnóstico, el porqué de lo que tacha de “mal juego”, aunque normalmente sabe interpretar bien los síntomas, es decir, lo que ve sobre el césped. Es inevitable que muchos utilicen la referida expresión para aludir a la vertiente estética o virtuosa del juego, pero es preferible considerar, y así lo haremos aquí, que jugar bien al fútbol significa que los profesionales cumplen con su trabajo en cada partido desde el punto de vista técnico, físico y táctico, individual y colectivamente, responsabilidad que, por lo demás, incumbe, mayoritariamente, al entrenador, pero también, de forma decisiva, a los propios jugadores.

Desde este punto de vista, posiblemente el Sevilla de Manolo Jiménez ha jugado bien más veces de las que casi todos tenemos en la cabeza, pero aún así, la impresión generalizada es que el equipo no carbura, sobre todo, en el aspecto de la gestación del juego ofensivo. Padecemos una suerte de indefinición de nuestro esquema de juego, o quizá de multidefinición, si atendemos a la variedad de combinaciones ensayadas permanentemente por el míster a lo largo del año sin alcanzar todavía a dar con la tecla precisa.

El origen de este mal, si es que puede considerarse así, se encuentra, a mi juicio, en la planificación de la temporada, y no tanto por la elección de las piezas incorporadas a la maquinaria en verano, que posiblemente también, al menos en algún caso, sino sobre todo por la concepción originaria, en la mente de los responsables técnicos, del patrón de juego que el equipo habría de seguir durante el año. Aquí es donde reside el problema.

Me explico.

En precedentes temporadas, con Juande Ramos, pero también con Jiménez, la construcción del juego de ataque del Sevilla se articulaba por dos cauces fundamentales, bien desde atrás, bajo la batuta de Daniel Alves, o bien por avasallamiento del rival, mediante la presión adelantada y la recuperación del balón en las posiciones de salida del contrario, con dos centrocampistas potentes, Poulsen y, sobre todo, Keita, de forma que, en puridad, no se necesitaba construir, puesto que el tener posesión en posiciones tan adelantadas, permitía ejecutar el disparo directo o servir a nuestros extremos los balones adecuados para el remate de Kanouté o Luis Fabiano, sin necesidad de transición defensa-ataque.

El porqué de este esquema es relativamente sencillo. Nuestros centrocampistas de banda (Navas, Capel, Adriano, Acosta, ahora Perotti) son extremos puros, son dos alas cuya principal virtud consiste en desbordar velozmente desde los costados y centrar al área, pero que carecen de cualidades para participar en la construcción del juego. Ayudará a comprenderlo un ejemplo, el Villarreal, equipo de similar potencial deportivo al nuestro, cuyos interiores (Pires, Ibagaza, Cazorla, Cani, Mati Fernández) se vuelcan hacia el centro, interviniendo constantemente en la generación del juego de ataque, apoyando a los mediocentros, Senna y Eguren, con multitud de paredes, combinaciones y pases interiores al punta, normalmente uno sólo. En nuestro Sevilla, sin embargo, insistimos, el esquema principal en los últimos años venía siendo otro. Como bien lo definió Diego Capel en sala de prensa la semana pasada, las señas de identidad del equipo eran jugar con dos delanteros y dos extremos en banda.

En la presente temporada, la primera vía de ataque comentada la teníamos perdida de antemano con el traspaso de Daniel Alves al F.C. Barcelona, y la contratación de un lateral derecho de perfil defensivo, como Konko, amén de que luego, por las incomparecencias de éste, y el protagonismo forzoso de Mosquera (no lo olvidemos, defensa central reconvertido a la banda), se ha visto acentuado este déficit hasta que Adriano, casi por accidente, vino tímidamente a paliarlo.

En cuanto a la segunda vía, presión y recuperación muy arriba, sin necesidad de transición, fue desechada de facto al contratar un perfil de centrocampista, mediocentro de creación (a la postre, Romaric), sobre el que se ha hecho recaer en exclusiva todo el peso de la construcción del juego de ataque. Por sus propias características, nuestros centrocampistas de banda no ayudan al mediocentro en tareas creativas, y es éste quien debe iniciar la organización de la ofensiva en solitario, para colmo, desde demasiado atrás. En la práctica, vista además la temporada de Fazio, esta decisión ha implicado una renuncia al músculo que proporcionaba un mediocentro recuperador tipo Keita, y que permitía casi olvidarse de la transición defensa-ataque, pasando a fiar toda la responsabilidad creativa a un único jugador, Romaric, que, al margen de sus cualidades, mejores o peores, es eso, un solo jugador creativo para armar todo el juego del equipo.

Por eso creo que el patrón de juego concebido el pasado verano se ha demostrado equivocado. El juego del equipo no es bueno ni bonito, no tanto por los planteamientos de Jiménez, como muchos denuncian, sino porque las piezas de la plantilla, el perfil de los jugadores, no permiten hacer ese tipo de fútbol o porque se ha sobrevalorado su capacidad de hacerlo. El míster tiene una gran responsabilidad en esto, porque fue él, si damos por cierto lo que pudimos leer hasta la saciedad meses atrás, quien pidió a Monchi un mediocentro zurdo de creación, en lugar de un “nuevo Keita”, y a sabiendas que la pérdida de Daniel iba a eliminar el otro cauce de construcción de juego. Pero a la dirección deportiva también le corresponde una parte alícuota de las responsabilidades, no sólo por su tarea de selección de las incorporaciones (”culpa in eligendo”), sino sobre todo por haber validado los planteamientos diseñados por el entrenador a principios de temporada (”culpa in vigilando”).

Encontrar a un clon de Daniel Alves es misión imposible, aunque un gemelo de Keita no lo es tanto. Pero manteniendo nuestro fútbol por las alas, con los extremos que hoy disponemos, se hace absolutamente necesario reforzar el centro del campo con un jugador muy físico, tipo Lass Diarra, el del Madrid, si queremos retomar el juego presionante arriba que nos ahorre esa transición que no sabemos hacer. Si ello, además, viene acompañado de un futbolista cerebral que apoye a Romaric en labores organizativas, pero desde la media-punta, miel sobre hojuelas. Así cubrimos este otro flanco que nos quedaba desnudo. Todo ello, con Jiménez o sin Jiménez, algo casi secundario, que ya se verá.

 José Enrique Vidal

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